La señora de Pérez de Vargas apretó a la niña contra su pecho y la besó repetidas veces.

Llegamos a Alicante. Allí nos aguardaban los coches que nos trasladaron a V... y al Sanatorio. Una gran muchedumbre nos esperaba y a su frente las autoridades de Alicante y el arzobispo de Valencia que había querido bendecir aquella obra benéfica.

En un grupo estaban Bruno Mezquita, su esposa, su primo Manuel, Rosarito, Albornoz, Jáuregui y su mujer.

Sixto y yo nos dirigimos a ellos con presteza y hubo abrazos y apretones de manos y se cambiaron con emoción palabras muy afectuosas.

Rosarito, al revés de su hermana, me produjo gratísima impresión. Había embellecido de un modo notable. Aquella niña alta, delgada y pálida se había transformado en una opulenta matrona de rosadas y tersas mejillas y porte majestuoso. Vestía con suprema elegancia, tanto que podía competir con la Condesa del Malojal. Pero sus ojos eran tímidos, humildes como antes, su voz suave, insinuante. Cuando me dió la mano, sus mejillas se tiñeron levemente de carmín. Ambos recordamos aquella penosa escena que pasó en mi gabinete cuando Pasarón cortó bruscamente sus relaciones con ella.

Albornoz era un caso de asombro. Allí no había habido transformación de ninguna clase. Tan menudo y exiguo como a los diez y ocho años, sin sombra de barba y la misma expresión infantil en su rostro fresco y sonrosado como una manzana.

—¡Esto es una maravilla! ¡No ha pasado un día por este hombre!—decía yo a Sixto y a los Mezquita mientras Albornoz y su esposa saludaban a los Condes del Malojal.

—¿Verdad que apetece pedirle las notas mensuales de clase?—exclamó Sixto Moro—. Yo creo que si le encuentra su viejo profesor de matemáticas a deshora de la noche en la calle, le tira de las orejas.

Soltamos una carcajada.

—Hombre, voy a decírselo, porque se reirá—manifestó Bruno Mezquita.