—¡No, por Dios!—repuso Moro—. No le hará ninguna gracia; estoy seguro de que le subirá el pavo a la cara, rechinará los dientes y buscará un chiste sin encontrarlo, como en los buenos tiempos de Doña Encarnación.
Pero no le fué posible a él mismo resistir a la tentación de embromarle. Al visitar el Sanatorio, cuando bajábamos la escalera de caracol de la torre, Moro se volvió hacia Rosarito y Albornoz que venían detrás y dijo en voz alta:
—Rosario, haga usted el favor de dar la mano a Pepito; no vaya a caerse.
Todos reímos menos Albornoz que se puso colorado y sólo pudo replicar confusamente:
—Yo no he cambiado; pero tú tampoco.
Se visitaron las dependencias y admiramos todos, no sólo la comodidad, sino también el lujo con que Pérez de Vargas había querido dotarlo.
A las once de la mañana se efectuó la inauguración. En un vasto salón, que era el refectorio del establecimiento, se acomodaron más de mil personas. Bajo el dosel presidencial se sentaron el Arzobispo, el Gobernador y algunos próceres, y entre ellos la niña Natalia, que figuraba como fundadora de aquel instituto caritativo. El Arzobispo pronunció una breve y sentida alocución y bendijo la obra de los Condes del Malojal. El Gobernador dijo también algunas palabras. Por fin, se levantó a hablar Sixto Moro, en medio de una expectación ansiosa, pues éste era el señuelo que allí había atraído tanta gente.
No defraudó nuestras esperanzas. Por espacio de una hora nos tuvo pendientes de su palabra mágica, provocando a cada instante tempestades de aplausos. Habló de los niños. El tema era tan seductor y adecuado para lucir las galas de su fantasía y los tesoros de su sensibilidad, que no es milagro que lograse arrebatar a su auditorio.
Pero el que más se distinguía por su ardoroso entusiasmo era Manolo Mezquita. Como era amigo y compañero de Moro, creía tener parte en su triunfo.
—¡Ole, ole, viva tu madre! ¡A ver si hay en toda la esfera armilar un tío que le sople en los ojos a este gachó!