Y paseaba sus ojos furibundos por los circunstantes buscando al atrevido que quisiera desmentirle para caer sobre él y estrangularle.

No faltó mucho para que estrangulase al propio Moro cuando terminó su discurso. Lo tomó entre sus brazos robustos y quiso sacarlo así del salón y pasearlo en triunfo como si fuese un torero; pero vimos el rostro de Moro tan contraído y angustiado que nos apresuramos a arrancárselo de las manos.

Después se celebró un banquete al aire libre en los jardines del establecimiento. Natalita presidía la fiesta y era objeto de las miradas y caricias de todo el mundo. Yo me senté entre mi amigo Jáuregui, que vestía el uniforme de maestrante de Granada con la cruz roja de Calatrava sobre el pecho, y Bruno Mezquita. La bella Condesa del Malojal había colocado a su lado a la esposa de Jáuregui, y con esa propensión celeste que tienen las almas nobles para levantar a los humildes la colmaba de atenciones. Celedonia las recibía confusa y con los ojos húmedos de agradecimiento. No los tenía tampoco muy secos su marido, quien me dijo al oído que si creyese en los espíritus como antes, pensaría que la señora de Pérez de Vargas era una nueva encarnación de Isabel la Católica.

La buena de Celedonia no había embellecido, como debe suponerse, después de haber echado al mundo doce hijos; pero era una mujer humilde y una esposa tierna y abnegada. Esto bastaba para que yo no la encontrase fea.

Al día siguiente partieron en tren especial los invitados de Madrid. Quedamos un día más con los Condes, sus viejos amigos. Aquella noche quiso Martín que cenásemos con ellos Sixto Moro y su hija, Albornoz y Rosario, Jáuregui y su esposa, Bruno Mezquita y la suya, Manolo Mezquita y yo.

Fué una comida de gran intimidad y tan grata, que seguramente ninguno de nosotros la olvidará. Franqueza, cordialidad, alegría reinaron en toda ella. Al destaparse el champaña Pérez de Vargas suplicó a Moro que iniciase los brindis. El glorioso orador se levantó con la copa en la mano y nos dirigió en tono familiar unas cuantas palabras, que por habernos llegado profundamente al corazón quedaron grabadas en mi memoria.

«¡Alegrémonos, amigos míos muy queridos! Alegrémonos de haber llegado a esta isla de reposo para gozar unos momentos de paz y de ventura. Marineros somos que hemos corrido más de una borrasca en los mares de la vida. No la maldigamos. En el seno de las dificultades y los disgustos han nacido siempre los grandes pensamientos y las nobles acciones. Nuestra amistad se ha anudado en la mañana de la existencia cuando el sol brillaba sobre nuestra frente, cuando el ruiseñor de la dicha gorjeaba en nuestro corazón. Sólo en la primera juventud nos entregamos sin reserva a los goces de la amistad. Hoy anclamos en este puerto donde la suerte nos brinda un refugio para restañar con una sana alegría las heridas y resquemores que el rodar de la vida nos inflige. Aprovechemos estos momentos de respiro para cobrar ánimos y lanzarnos con más brío a la lucha.

»Hay en este mundo algunos pájaros privilegiados, como mi ilustre amigo Pérez de Vargas, que hallan el campo repleto de mieses. No tienen más que introducirse en él para gozar sus delicias. Los hay que, como yo, lo han hallado cubierto de nieve, pobres pajaritos que se ven obligados a rebuscar aquí y allí algunos granos. Pero a todos nos ha dado Dios alas y podemos volar por el mismo firmamento azul. Hemos trabajado, hemos vivido, hemos cumplido con nuestro deber. ¿Qué más podemos pedir?

»Es cierto que existen hombres en los cuales todas las prosperidades de la tierra y todos los dones del cielo sólo sirven para saciar sus ruines pasiones. Como los escarabajos, trabajan sin cesar para fabricar bolitas de porquería. Pero los hay que utilizan las alegrías, la riqueza, los triunfos para acrisolar su alma y ponerla como luciente espada al servicio de sus semejantes. Son abejas espirituales, como nuestro amable anfitrión, que no se cansan de fabricar miel.

»Nos quejamos de la brevedad de la vida. En nuestras manos está el hacerla infinita si sabemos llenarla de generosas acciones y sinceros afectos. La vida no es más que el cañamazo en el que cada cual borda grosera o primorosamente el dibujo que lleva en sus entrañas. Nos mostramos desengañados de ella porque le pedimos lo que no debe darnos. Le pedimos placeres, honores, riquezas. Todas estas cosas son venenos deliciosos, pero venenos al fin que sólo dejan intactas a las almas privilegiadas. Lo único que hace a la vida digna de ser vivida, lo único que la justifica son los afectos tiernos que nacen dentro de ella. El hombre que llega a la muerte sin sentirlos ni inspirarlos, ¡ay!, ese sí que puede llamarse estafado.