—¿Sabes lo que estás diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes que me enfade.

—Me callaré; pero las pruebas de cariño que está dando no son grandes.

—¡Tendría que ver eso!—dijo la señora volviéndose airada.—Si Gonzalo es mucho, Cecilia es más... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el Príncipe de Asturias, ¿sabes?... Me enteraré de lo que acabas de decir, y si resulta cierto, ya tomaré yo mis medidas.

Doña Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y generosa; pero tenía la altivez irreflexiva y la susceptibilidad exagerada de las artesanas de Sarrió.

—No, mamá, no se trata de eso. ¿Quién te ha dicho que Gonzalo desprecia a Cecilia?

—Tú misma. ¿Por qué no la quiere entonces?

Venturita se detuvo un instante, y respondió con firmeza:

—Porque me quiere a mí.

—Vamos—dijo la señora sonriendo.—Ya debí comprender desde el principio que era todo una broma.

—No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte, entérate...