Sacó al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevención, y se la alargó.

Doña Paula se puso en pie vivamente, y gritó:

—¡Pronto!... ¡Una luz, pronto!

Venturita tomó una caja de cerillas que había sobre el costurero, y encendió una.

Madre e hija estaban pálidas. Aquélla arrimó la carta a la luz. En cuanto leyó unos cuantos renglones, se dejó caer en la butaca, y clavando los ojos con expresión dolorosa en su hija, le dijo:

—Ventura, ¿qué has hecho?

—¿Yo? Nada—respondió la niña tirando al suelo la cerilla que tocaba a su fin.

—¿Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, engañarla miserablemente, dar un escándalo en la villa como nunca se habrá visto?

—Yo no he hecho nada de eso. El fué quien se me declaró. ¿Es pecado dejarse querer?

—En esta ocasión, sí—replicó con severidad la señora.—A la primera señal debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como una hermana, era hacer traición a tu hermana y hacerte a ti muy poco favor.