—Pues ya está—replicó la niña en tono desdeñoso.

—Pues no estará—replicó doña Paula con enojo y levantándose.—¿Qué te has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, ¿qué os habéis propuesto?

—Debes suponerlo.

—Casaros, ¿verdad?—preguntó en tono sarcástico.

—¡Qué equivocada estás!... El matrimonio de tu hermana quedará deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... ¡pero lo que es tú, bien libre estás de casarte con Gonzalo... ni de que éste ponga siquiera los pies más en casa...! En primer lugar, tú eres una mocosa que debieras estar jugando con las muñecas y recibiendo azotes... y aunque no lo fueras, ni tu padre ni yo podíamos consentir que te casaras con un hombre que ha engañado miserablemente a tu hermana y nos ha engañado a todos... Lo menos que diría la gente es que estamos muertos por hacerle nuestro yerno. ¡Que se te quite, niña!

—Pues que quieras o no quieras—dijo Venturita retrocediendo de espalda hacia la puerta,—me casaré.

Doña Paula quiso castigar la insolencia; pero la niña salió precipitadamente, sujetó la puerta, y entreabriéndola después, dijo con acento rabioso:

—¡Me casaré! ¡me casaré! ¡me casaré!

Al día siguiente, Gonzalo recibió una carta de ella, que decía: «Ayer hablé con mamá. Se ha enfadado mucho. Hoy hablaré otra vez, y espero que cederá. Ten confianza.»

Y en efecto, aquella misma mañana madre e hija volvían a tener habla en el cuarto de la última. Fué larga, y no sabemos lo que en ella pasó. Doña Paula salió al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar, llevándose la mano al corazón, del cual padecía a menudo, en dirección a su cuarto, y se acostó. Ventura salió en pos de ella, serena; pero pálida. Llamó a Generosa, su confidente, y le dió un recado para Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la casa de Belinchón. Pocos minutos después, Venturita abría la ventana del escritorio, que estaba en la planta baja y tenía rejas.