—Ya está todo arreglado—dijo en voz de falsete luego que el joven se hubo acercado.

—¿Cómo? ¿De veras?—preguntó éste con alegría.

—¡Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba furiosa.

—¿Y tu papá?

—Papá aún no sabe nada; pero cederá también... ¡Vaya si cederá!... La receta no puede ser más eficaz.

—¿Qué receta?

—La que he empleado... La cosa se había puesto tan fea, que ya estaba resuelto que tú no volvieras más a casa. A mí me mandaba a Tejada en castigo. Ni súplicas ni razones valían de nada. Estaba loca de ira. Te llamaba infame y traidor. A mí, ¡figúrate cómo me pondría!... Entonces no tuve más remedio que apelar al último recurso... por más que sea un poco fuerte—añadió en voz más baja y alterada.

—¿Qué recurso?—preguntó Gonzalo con curiosidad.

Venturita guardó silencio algunos momentos. Al cabo respondió avergonzada:

—Le dije... le dije que tú y yo no podíamos menos de casarnos ya.