Gonzalo alargó la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido.

—Espera.

La tela crujió.

—Ya me has roto el vestido, ¿lo ves?

—Si no te disparases tan pronto...

Y logrando cogerla por un brazo, la obligó a sentarse.

—¡Qué barbaridad!—exclamó la niña riendo.—Así deben hacerse el amor los osos.

—¿Me quieres?—preguntó Gonzalo riendo también.

—No.

—Sí.