—No.
—Dame la mano de amigo.
La niña le alargó su blanca y primorosa mano, y el hercúleo mancebo la besó con pasión repetidas veces.
—Hasta mañana. Ya te daré noticias de lo que ocurra—dijo levantándose otra vez.
Gonzalo se alejó. A los cuatro pasos se le ocurrió que las noticias tenían que ser referentes al modo como Cecilia recibía la de su desleal conducta, y su frente se arrugó de nuevo con expresión dolorosa.
A vueltas con esta preocupación cruzó distraído la Rúa Nueva, entró en la plaza de la Marina, siguió caminando por el muelle y se alargó hasta la punta del Peón. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la bahía. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante claridad del fondo azul obscuro. Aún no había sonado el grito de «apafogones», y se notaban en ellos algunas luces y algún movimiento. Los marineros, recostados sobre la obra muerta, departían antes de retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor inglés anclado en el medio, gritaba uno: «All right» exagerando la pronunciación: «all right», contestaban de un patache. El grito se iba repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma que gastaban con los ingleses que allí arribaban. Pero el gran vapor se mantenía silencioso, cabeceando flemáticamente con ese desprecio tan profundo que nadie mejor que un hijo de Albión sabe afectar.
En la punta del Peón se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el poco fresco que había. Era una de las noches más calurosas de agosto. Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida situación, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al término del malecón, percibió sobre el segundo paredón una figura gigantesca.
—Allí está mi tío—se dijo.
El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel paredón, en íntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compañero. Para él no tenía secretos el terrible Océano, ora durmiese tranquilo en su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo sus espumas. Podía dar nuevas seguras y anticipadas de sus cóleras, de sus desmayos, de sus sonrisas, de sus más profundas palpitaciones. El monstruo le abría su seno líquido, como a un confidente leal: le decía cuánto se aburría en su prisión de granito, y qué ganas le acometían a veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen caballero solía responderle, pensando en el crimen que acababa de leer:
—Tienes razón, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera.