Por nada en el mundo dejaría don Melchor de dar sus paseos matutinos, vespertinos y nocturnos por la punta del Peón. En vida de su mujer, cuando estaba acatarrado, veíase precisado a prescindir de estas visitas, y era lo que más le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no tenía quien le sujetase, acatarrado y todo salía.

—Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar.

Cuando de tarde en tarde se resentía del estómago, bebía un par de vasos de salmuera, y quedaba arreglado.

—No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del mar.

En cierta ocasión adoleció de una pierna. Dos úlceras le fueron corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los médicos, no sólo daban por perdida la pierna, sino que temían por su vida. Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le bañasen. A los nueve baños, las úlceras estaban cerradas. Imagínese lo que pensaría después de esto, de la virtud curativa del mar.

En cambio, tenía marcada ojeriza a los ríos. El aire del río le ponía ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y le ponían asmático. Eso de que el aire fuese en ellos «encallejonado», le inspiraba una aversión y un desprecio indecibles.

Don Melchor dormía poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se levantaba subía al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y después de haber trazado en la cabeza un estado meteorológico provisional del día, bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Peón. Allí establecía de una vez si el viento era entablado o simple vahajillo, si era francamente a la estrella o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el semblante estaba calimoso o cerrado; si la mar estaba picada o de leche; cuánto tiempo duraría todo esto; qué viento apuntaría al mediodía; si la mar sería gruesa a la tarde o abonanzaría, etc., etc. No podría tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones.

Y, en verdad, que aunque esto parezca una manía, téngola por menos insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del vecino, si está limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cuánto tiempo permanece en casa, y qué rumbo toma cuando sale.

Gonzalo subió al segundo paredón con un deseo irresistible de desahogar el pecho, y poner a su tío al tanto de lo que ocurría. Y eso que la condición brusca y severa de éste no se amoldaba muy bien a las confidencias amorosas. Pero la ocasión era crítica y precisa. Don Melchor, que con el peso de los años solía doblar un poco el cuerpo hacia adelante, al ver acercarse un hombre a él, se irguió. Porque era empeño el que tenía en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen por varón inexpugnable.

—¿Eres tú, Gonzalillo?