Sin embargo, no había aún motivos para afligirse, al decir de los prácticos; el puerto se hallaba enteramente libre; con tal que no zozobrasen (y esto era cuenta de ellos,[162.1] pues estaba en su mano el evitarlo), podían entrar sin peligro en Rodillero. Alguno apuntó:
—¿Y los golpes de mar? ¿Tendrán tiempo a achicar el agua?
—¡Vaya si hay tiempo![162.2]... Pero no parece más que no hemos visto mares hasta ahora! No hay pueblo como éste para alborotarse por nada—dijo un marinero bilioso.
La energía con que pronunció estas palabras hizo callar a los pesimistas y tranquilizó un poco a las mujeres. Desgraciadamente, duró poco su triunfo: a los pocos minutos la mar rompía en el Torno, otro de los bajos de la barra.
Cerca de la capilla de San Esteban había una casucha que habitaba un labrador encargado por el gremio de mareantes, mediante un cortísimo estipendio anual, de encender las hogueras que servían de señal en los días o noches de peligro. Este labrador, aunque se había embarcado pocas veces, conocía la mar como cualquier práctico. Después de observarla con atención un buen rato y haber vacilado muchas veces, sacó de la corralada[162.3] de su choza una carga de retama seca y tojo, la colocó en lo más alto del monte y la dio fuego. Era el primer aviso para los pescadores.
Elisa, que se hallaba entre la muchedumbre, cerca de su madrina, al ver la hoguera sintió que el corazón se le apretaba; acordose de la terrible maldición de la sacristana, y todos los presentimientos tristes y terrores supersticiosos que dormían en su alma, despertaron de golpe. Procuró, no obstante, reprimirse, por vergüenza, pero comenzó a recorrer los grupos escuchando con mal disimulada ansiedad los pareceres de los marineros: cada frase la dejaba yerta.
Entre las gentes se hablaba poco y se miraba mucho; el viento les azotaba la cara con las últimas gotas del chubasco. La mar crecía rápidamente: después de romper en los Huesos de San Pedro, en el Cobanín y en el Torno, rompió también en otro bajo más separado de la costa.
—¡Rompió en la Furada!... Manuel, puedes encender otra hoguera—exclamó un marinero.
Manuel corrió a casa de nuevo, trajo otra carga de tojo y la encendió cerca de la primera. Esto era señal de peligro inminente: si los que estaban en la mar no se daban prisa a meterse en el puerto, se exponían a que se les cerrase pronto.
—¿Se ve alguna lancha, Rafael?—preguntó una joven, por cuyas mejillas rodaban dos gruesas lágrimas.