—Por ahora no; la salsa nos quita mucho la vista.
Ni una vela parecía en el horizonte: el afán, la angustia embargaban de tal modo a los espectadores, que se pasaban algunos minutos sin que una voz se alzase entre ellos: todos tenían la vista clavada en el Carrero,[163.1] un corto espacio que la barra de Rodillero tenía libre, y por donde las lanchas entraban a seguro cuando la mar estaba picada. Elisa sentía algunas gotas de sudor frío en la frente, y se agarraba fuertemente a su madrina para no caerse.
Así trascurrió un cuarto de hora. De pronto de aquella muchedumbre salió un grito, un lamento más débil pero más triste que los rumores del Océano. Una ola acababa de romper en el Carrero. La barra no era ya más que una franja espumosa: el puerto estaba cerrado.
Manuel, pálido, silencioso, fue a buscar una nueva carga y la encendió al lado de las otras dos. La lluvia había cesado enteramente y las hogueras ardían animadas por el viento.
Elisa, al escuchar aquel grito, se estremeció, y por un movimiento irresistible semejante a inspiración, se alejó corriendo de aquella escena, bajó a saltos el sendero de los pinos, atravesó el pueblo solitario, subió la calzada de la iglesia y llegó desalada y jadeante a sus puertas. Se detuvo un instante a tomar aliento; después hizo la señal de la cruz, dobló las rodillas y sobre ellas entró caminando por la nave del templo hasta el altar mayor; pero en vez de parar allí torció a la derecha y comenzó a subir penosamente la escalera de caracol[164.1] que conducía al camarín del Cristo. Era la escalera de la penitencia y sus peldaños de piedra estaban gastados ya por las rodillas de los devotos; las de Elisa cuando llegó arriba chorreaban sangre.
El camarín era una pieza oscura, tapizada de retratos y ofrendas, con una ventana enrejada, abierta sobre la iglesia, por donde los fieles veían la veneranda imagen los días que se oficiaba en su altar. El Santo Cristo se hallaba, como de ordinario, tapado por una cortina de terciopelo: Elisa corrió con mano trémula esta cortina y se prosternó. Poco rato después, unas tras otras, fueron entrando en la estancia muchas mujeres y prosternándose igualmente en silencio. Algún sollozo, imposible de reprimir, turbaba de vez en cuando el misterio y la majestad del adoratorio.
Por la tarde aplacó un poco la mar, y gracias a esto pudo, aunque con peligro, entrar un grupo numeroso de lanchas en Rodillero: más tarde entraron otras cuantas, pero al cerrar la noche faltaban cinco: una de ellas era la de José. Los marineros, que sabían a qué atenerse acerca de su suerte, porque habían visto perecer alguna, no se atrevían a decir palabra y contestaban con evasivas[165.1] a las infinitas preguntas que les dirigían: ninguno sabía nada; ninguno había visto nada. La ribera siguió llena de gente hasta las altas horas de la noche;[165.2] pero según avanzaba ésta, iba creciendo el desaliento. Poco a poco también la ribera se fue despoblando; sólo quedaron en ella las familias de los que aún estaban en la mar. Al fin éstas, perdida casi enteramente la esperanza, abandonaron la playa y entraron en el pueblo con la muerte en el alma.
¡Horrible noche aquélla! Aún suenan en mis oídos los ayes desgarradores de las esposas infelices, de los niños que llamaban a sus padres. El pueblo ofrecía un aspecto sombrío, espantoso: la gente discurría por la calle en grupos, formaba corros a la puerta de las casas; todos se hablaban a voces. Las tabernas estaban abiertas, y en ellas los hombres disputaban acaloradamente, echándose unos a otros la culpa de la desgracia. De vez en cuando, una mujer desgreñada, convulsa, cruzaba por la calle lanzando gritos horrorosos que erizaban los cabellos. Dentro de las casas también sonaban gemidos y sollozos.
A este primer momento de confusión y estrépito, sucedió otro de calma, más triste aún y más aciago, si posible fuera. La gente se fue encerrando en sus viviendas, y el dolor tomó un aspecto más resignado. ¡Dentro de aquellas pobres chozas, cuántas lagrimas se derramaron! En una de ellas, una pobre vieja, que tenía a sus dos hijos en la mar, lanzaba chillidos tan penetrantes, que las pocas personas que cruzaban por la calle se detenían horrorizadas a la puerta; en otra, una infeliz mujer que había perdido a su marido, sollozaba en un rincón, mientras dos criaturitas de tres o cuatro años jugaban cerca comiendo avellanas.
Cuando Dios amaneció,[166.1] el pueblo parecía un cementerio. El cura hizo sonar las campanas llamando a la iglesia, y concertó, con los fieles que acudieron, celebrar al día siguiente un funeral[166.2] por el reposo de los que habían perecido.