Pero hacia el medio día corrió la voz, sin saber quién la trajera, de que algunas lanchas de Rodillero habían arribado[166.3] al puerto de Banzones, distante unas siete leguas. Tal noticia causó una emoción inmensa en el vecindario: la esperanza, muerta ya, renació de pronto en todos los corazones. Tornaron a reinar la confusión y el ruido en la calle; despacháronse propios veloces para que indagasen la verdad; los comentarios, las hipótesis que se hacían en los corrillos eran infinitos. El día y la noche se pasaron en una ansiedad y congoja lastimosas; las pobres mujeres corrían de grupo en grupo, pálidas, llorosas, queriendo sorprender en las conversaciones de los hombres algo que las animase.

Por fin, a las doce llegó la nueva de que eran dos lanchas solamente las que habían arribado a Banzones. ¿Cuáles? Los propios no lo sabían o no querían decirlo. Sin embargo, al poco rato comenzó a cundir secretamente la noticia de que una de ellas era la de José, y otra la de Toribio.

Allá, a la tarde, [167.1] un muchacho llegó desalado, cubierto de sudor y sin gorra.

—¡Ahí están, ahí están!

—¿Quiénes?

—¡Muchos, muchos! ¡Vienen muchos!—acertó a decir con trabajo, pues le faltaba respiración.—Estarán ahora en Antromero.

Entonces se operó una revolución indescriptible en el pueblo: los vecinos todos, sin exceptuar uno, salieron de sus casas, se agitaron en la calle breves instantes con estruendo, y formando una masa compacta, abandonaron presurosos el lugar. Aquella masa siguió el camino de Antromero, orillas de la mar, en un estado de agitación y angustia que es difícil representarse. Los hombres charlaban, haciendo cálculos acerca del modo que habrían tenido sus compañeros de salvarse: las mujeres iban en silencio arrastrando a los niños que se quejaban en vano de cansancio. Después de caminar media legua, en cierto paraje descubierto, alcanzaron a ver a lo lejos un grupo de marineros que hacia ellos venían con los remos al hombro. Un clamor formidable salió de aquella muchedumbre. El grupo de los pescadores respondió ¡hurra! agitando en el aire las boinas. Otro grito de acá; otro en seguida de allá. De esta suerte se fueron acercando a toda prisa y muy pronto llegaron a tocarse.

¡Escena gozosa y terrible a la vez! Al confundirse el grande y el pequeño grupo, estallaron a un tiempo ayes de dolor y gritos de alegría. Las mujeres abrían los ojos desmesuradamente buscando a los suyos, y no hallándolos, rompían en gemidos lastimeros y se dejaban caer al suelo retorciéndose los brazos con desesperación: otras, más afortunadas, al tropezar con el esposo de su alma, con el hijo de sus entrañas, [168.1] se arrojaban a ellos como fieras, y permanecían clavadas a su pecho sin que fuerza en el mundo fuera bastante a despegarlas. Los pobres náufragos, objeto de aquella calurosa acogida, sonreían queriendo ocultar su emoción, pero las lágrimas les resbalaban, a su pesar, por las mejillas.

Elisa, que iba entre la muchedumbre, al ver a José, sintió en la garganta un nudo tan estrecho,[168.2] que pensó ahogarse: llevose las manos al rostro y rompió a sollozar procurando no hacer ruido. El marinero sintiose sujeto, casi asfixiado por los brazos de su madre: mas por encima del hombro de ésta, buscó con afán a su prometida. Elisa levantó el rostro hacia él y sus ojos se encontraron y se besaron.

Pasado el primer momento de expansión, aquella masa de gente tornó a paso lento hacia el pueblo. Cada uno de los náufragos viose rodeado inmediatamente por un grupo de compañeros, los cuales se enteraban por menudo[168.3] y con interés de las peripecias de la jornada:[168.4] sus mujeres iban detrás; algunas veces para cerciorarse de que los tenían vivos les llamaban por su nombre, y al volver ellos el rostro no tenían qué decirles.