—Y cigarros de la Habana—apuntó un tercero.
—Yo se lo perdonaba[12.4] todo—dijo Bernardo—con tal que el día de la boda nos llevase a ver la comedia a Sarrió.
—Es imposible; ¿no reparas que aquella noche José no puede acostarse tarde?
—Bien; pues entonces que nos dé los cuartos[12.5] para ir, y que él se quede en casa.
El patrón lo escuchaba todo sin decir palabra, con la misma sonrisa benévola en los labios.
—¡Qué mejor comedia—exclamó uno—que casarse con la hija de la maestra![12.6]
—¡Bah, bah! ten cuidado con lo que hablas—dijo José entre risueño y enfadado.[12.7]
Los compañeros celebraron la grosería como el chiste más delicado, y siguió la broma y cantaleta, mientras el viento, que comenzaba a sosegarse, los empujaba suavemente hacia tierra.
II
Comenzaba el crepúsculo cuando las barcas entraron en la ensenada de Rodillero. Una muchedumbre formada casi toda de mujeres y niños, aguardaba en la ribera, gritando, riendo, disputando; los viejos se mantenían algo más lejos sentados tranquilamente sobre el carel de alguna lancha que dormía sobre el guijo esperando la carena, mientras la gente principal o de media levita[13.1] contemplaba la entrada de los barcos desde los bancos de piedra que tenían delante las casas más vecinas a la playa. Antes de llegar, con mucho,[13.2] ya sabía la gente de la ribera, por la experiencia de toda la vida, que traían bonito. Y como sucedía siempre en tales casos, esta noticia se reflejaba en los semblantes en forma de sonrisa. Las mujeres preparaban los cestos a recibir la pesca, y se remangaban los brazos con cierta satisfacción voluptuosa; los chicos escalaban los peñascos más próximos a fin de averiguar prontamente lo que guardaba el fondo de las lanchas. Éstas se acercaban lentamente: los pescadores, graves, silenciosos, dejaban caer perezosamente los remos sobre el agua.