Una tras otra fueron embarrancando[13.3] en el guijo de la ribera; los marineros se salían[13.4] de ellas dando un gran salto para no mojarse; algunos se quedaban a bordo para descargar el pescado, que iban arrojando pieza tras pieza[13.5] a la playa. Recogíanlas las mujeres, y con increíble presteza las despojaban de la cabeza y la tripa, las amontonaban después en los cestos, y remangándose las enaguas, se entraban algunos pasos por el agua a lavarlas. En poco tiempo, una buena parte de ésta, y el suelo de la ribera, quedaron teñidos de sangre.
En cuanto saltaron a tierra, los patrones formaron un grupo y señalaron el precio del pescado. Los dueños de las bodegas de escabeche y las mujerucas[14.1] que comerciaban con lo fresco[14.2] esperaban recelosas a cierta distancia el resultado de la plática.
Una mujer vestida con más decencia que las otras, vieja, de rostro enjuto, nariz afilada y ojos negros y hundidos, se acercó a José cuando éste se apartó del grupo, y le preguntó con ansiedad:
—¿A cómo?
—A real y medio.
—¡A real y medio!—exclamó con acento colérico.—¿Y cuándo pensáis bajarlo?[14.3] ¿Pensáis que lo vamos a pagar lo mismo cuando haya mucho que cuando haya poco?
—A mí no me cuente nada,[14.4] señá[14.5] Isabel—repuso avergonzado José.—Yo no he dicho esta boca es mía.[14.6] Allá ellos lo arreglaron.[14.7]
—Pero tú has debido advertirles[14.8]—replicó la vieja con el mismo tono irritado—que no es justo; que nos estamos arruinando miserablemente; y en fin, que no podemos seguir así...
—Vamos, no se enfade, señora... yo haré lo que pueda por que mañana se baje. Además, ya sabe...
—¿Qué?