—Que los dos quiñones de la lancha y el mío los puede pagar como quiera.

—No te lo he dicho por eso—manifestó la señá Isabel endulzándose repentinamente;—pero tú bien te haces cargo[15.1] de que perdemos el dinero; que el maragato siguiendo así nos devolverá los barriles[15.2]... Mira, allí tienes a Elisa pesando; ve allá, que más gana tendrás de dar la lengua[15.3] con ella que conmigo.

José sonrió, y diciendo adiós, se alejó unos cuantos pasos.

—Oyes, José—le gritó la señá Isabel enviándole una sonrisa zalamera.—¿Conque al fin, a cómo me dejas eso?

—A como V. quiera: ya se lo he dicho.

—No, no; tú lo has de decidir.

—¿Le parece mucho a diez cuartos?[15.4]—preguntó tímidamente.

—Bastante—respondió la vieja sin dejar la sonrisa aduladora.—Vamos, para no andar en más cuestiones,[15.5] será a real, ¿te parece?

José se encogió de hombros[15.6] en señal de resignarse, y encaminó los pasos hacia una de las varias bodegas que, con el pomposo nombre de fábricas, rodeaban la playa. A la puerta estaba una hermosa joven, alta, fresca, sonrosada, como la mayor parte de sus convecinas, aunque de facciones más finas y concertadas que el común de ellas. Vestía asimismo de modo semejante, pero con más aliño y cuidado; el pañuelo, atado a la espalda, no era de percal,[15.7] sino de lana; los zapatos de becerro fino, las medias blancas y pulidas; tenía los brazos desnudos, y, cierto, eran de lo más primoroso y acabado en su orden. Estaba embebecida[15.8] y atenta a la operación de pesar el bonito que en su presencia ejecutaban tres o cuatro mujeres ayudadas de un marinero: a veces ella misma tomaba parte sosteniendo el pescado entre las manos.

Cuando sintió los pasos de José, levantó la cabeza, y sus grandes ojos rasgados y negros sonrieron con dulzura.