El segundo trueno había estallado mucho más cerca.

—No lo sé—respondió José, fingiendo como antes indiferencia.

—¿No traes ahí el dinero?

—Sí señora, pero hasta mañana que[44.1] haga cuenta con la compaña, no sé a punto fijo lo que me corresponde.

Hubo una pausa larga. El marinero, aunque tenía los ojos en el suelo, sentía sobre el rostro las miradas inquisitoriales de sus hermanas, que hasta entonces no habían abierto la boca. Su madre seguía revolviendo el fuego.

—¿Y a cómo le has puesto el bonito hoy?—dijo al fin ésta.

—¿A cómo se lo había de poner, madre... no lo sabe?—contestó José titubeando.

—No; no lo sé—replicó Teresa dejando el hierro sobre el hogar y levantando con resolución la cabeza.

El marinero bajó la suya y balbució más que dijo:

—Al precio corriente... a real y medio...