—¡Mientes! ¡mientes!—gritó ella con furor avanzando un paso y clavándole sus ojos llameantes.
—¡Mientes! ¡mientes!—dijeron casi al mismo tiempo sus hermanas.
José guardó silencio sin osar disculparse.
—¡Lo sabemos todo!... ¡todo!—prosiguió Teresa en el mismo tono.—Sabemos que me has estado engañando miserablemente desde que comenzó la costera, gran tuno; que estás regalando el bonito a esa bribona, mientras tu madre está trabajando como una perra, después de haber sudado toda su vida para mantenerte...
—Si trabaja es porque quiere; bien lo sabe—dijo el marinero humildemente.
—¡Y todo por quién!—siguió Teresa sin querer escuchar la advertencia de su hijo.—Por esa sin vergüenza[45.1] que se ríe de ti, que te roba el sudor echándote de cebo a su hija,[45.2] para darte a la postre con la puerta en los hocicos[45.3]...
Estas palabras hirieron a José en lo más vivo del alma.
—Madre—exclamó con emoción,—no sé por qué ha tomado tanta ojeriza a Elisa y a su madre. Aunque me case, por eso no la abandono. La lancha que ahora tengo queda para V... y si más le hace falta, más tendrá...
—¿Pero tú crees casarte, inocente?—dijo una de las hermanas sonriendo sarcásticamente.
—Nada tenéis que partir vosotras en este negocio—replicó el marinero volviéndose airado hacia ella.