—Tiene razón tu hermana ¡tonto! ¡tonto!—vociferó de nuevo la madre.—¿No ves que estás sirviendo de hazme reír[45.4] al pueblo? ¿No ves que esa bruja te está engañando como a un chino[45.5] para chuparte la sangre?
El pobre José, hostigado de tan cruel manera, no pudo guardar más tiempo la actitud humilde que tenía frente a su madre, y replicó alzando la cabeza con dignidad:
—Soy dueño de dar lo que es mío a quien me parezca.[45.6] Usted, madre, no tiene razón ninguna para quejarse... Hasta ahora lo que he ganado ha sido de V...
—¿Y me lo echas en cara,[45.7] pícaro?—gritó aquélla cada vez más furiosa. ¡No me faltaba ya más que eso![45.8]... Después de haber pasado tantos trabajos para criarte; después de quemarme la cara al pie de las calderas,[45.9] y andar arrastrada[45.10] de día y de noche para llevarte a ti y a tus hermanas un pedazo de pan, ¿me insultas de ese modo?...
Aquí Teresa se dejó caer sobre una silla y comenzó a sollozar fuertemente.
—¡Quiero morir antes de verme insultada por mi hijo!—siguió diciendo entre gemidos y lágrimas. ¡Dejadme morir!... ¡Para qué estoy yo en el mundo si el único hijo que tengo me echa en cara el pan que como!...
Y a este tenor prosiguió desatándose en quejas y lamentos, sacudiendo la cabeza con desesperación y alzando las manos al cielo.
Las hijas acudieron solícitas a consolarla. José, asustado del efecto de sus palabras, no sabía qué hacer; ni tuvo ánimo para contestar a sus hermanas, que mientras cuidaban de su madre se volvían hacia él apostrofándole:
«¡Anda tú,[46.1] mal hijo! ¡Vergüenza había de darte![46.2] ¿Quieres matar a tu madre, verdad?[46.3] Algún día te ha de castigar Dios...»
Aguantó el chubasco con resignación, y cuando vio a su madre un poco más sosegada, se retiró silenciosamente a su cuarto. Llevaba el corazón tan oprimido, que no pudo en largo espacio conciliar el sueño.