V
Con la llegada del nuevo día mitigose su pesar, y entendió claramente que no había motivo para tanto apesadumbrarse: el obstáculo que de noche le había parecido insuperable, a la luz del sol lo juzgó liviano; crecieron sus ánimos para vencerlo, y la esperanza volvió a inundar su corazón.
Y en efecto, los acontecimientos pareció que justificaban[47.1] este salto repentino de la tristeza a la alegría. En los días siguientes halló a la señá Isabel más amable que nunca, favoreciendo con empeño sus amores, dándole a entender con obras, ya que no de palabra, que sería, más tarde o más temprano, el marido de Elisa. Ésta cobró también confianza y se puso a hacer cuentas galanas[47.2] para lo porvenir, esperando vencer la resistencia de su madre y abreviar el plazo del casamiento.
Por otra parte, la fortuna siguió sonriendo a José. El día de San Juan, según tenía pensado, botó al agua la nueva lancha, la cual comenzó a brincar suelta y ligera sobre las olas, prometiéndole muchos y buenos días de pesca: vino el cura a bendecirla y hubo después en la taberna el indispensable jolgorio entre la gente llamada a tripularla. Encargose el mismo José del mando de ella, dejando la vieja a otro patrón, y desde el día siguiente principió a hacerla trabajar en la pesca del bonito. Ésta fue abundante, como pocas veces se había visto; tanto que nuestro marinero, apesar de las sangrías que la señá Isabel le hacía en cada saldo de cuentas, iba en camino de hacerse rico.
¡Qué verano tan dichoso aquél! Elisa, a fuerza de instancias, consiguió arrancar a su madre el permiso para casarse al terminar la costera, o sea[47.3] en el mes de Octubre. Y dormidos inocentemente sobre esta promesa, los amantes gozaron de la dulce perspectiva de su próxima unión; entraron en esa época de la vida, risueña como ninguna,[47.4] en que el cielo sólo ofrece sonrisas y la tierra flores a los enamorados. El trabajo era para ambos un manantial riquísimo de placeres: cada bonito que prendía en los anzuelos de José y entraba saltando en su lancha, parecía un heraldo que le anunciaba su boda: cuando tornaba a casa con doscientas piezas bullendo sobre los paneles, pensaba que aquel día había dado un gran paso hacia Elisa. Ésta, dentro de la fábrica, no se daba tampoco punto de reposo; todo el día ocupada en vigilar las operaciones de pesar, cortar, salar, tostar y empaquetar el pescado; al llegar la noche ya no podía tenerse en pie; pero se dejaba caer en la cama con la sonrisa en los labios, diciendo para sí: «Es necesario trabajar de firme; mañana tendremos hijos[48.1]...» La hora más feliz para Elisa era la que precedía a la cena; entonces llegaba José a la tienda y se formaba una sabrosa tertulia, que les consentía[48.2] acercarse uno a otro y cambiar frecuentes palabras y miradas. Rara vez se decían amores: no había necesidad; para los que aman mucho, cualquier conversación va empapada[48.3] de amor. De esta hora, los minutos más dichosos eran aquellos en que se despedían; ella con el velón en la mano, como la hemos visto la noche en que la conocimos;[48.4] él de la parte de fuera, apoyado en el marco de la puerta; en estos momentos solían cambiar con labio trémulo algo de lo que llenaba por entero sus corazones, hasta que la voz de la señá Isabel, llamando a su hija, rompía tristemente el encanto.
Aun por el día gozaba la hermosa doncella de otra hora feliz: era la de la siesta. Cuando su madre, después de comer, se acostaba un poco sobre la cama, acostumbraba Elisa salirse de casa y subir a uno de los montes que rodean el pueblo a disfrutar de la vista y del fresco de la mar. A esta hora, en los días de Julio y Agosto, el calor era sofocante en Rodillero: la brisa del océano no penetraba más que en las primeras revueltas, dejando la mayor parte del lugar asfixiada entre las montañas laterales. La joven ascendía lentamente por un ancho sendero abierto entre los pinos, hasta la capilla de San Esteban, colocada en la cima del monte, y se sentaba a la sombra. Desde aquel punto se oteaba una gran extensión de mar, sobre el cual irradiaba el sol su fuego: el cielo mostraba un azul oscuro por la parte de tierra;[49.1] por la del mar, más claro, trasformándose en color gris al cerrar el horizonte.[49.2] Algunas nubes blancas e hinchadas se amontonaban por la parte de Levante, sobre el pico de Peñas, el más saliente de la costa cantábrica:[49.3] éste y los demás cabos lejanos se mostraban apenas entre la faja gris del horizonte, mientras el de San Antonio, más cercano, detrás del cual estaba la bahía de Sarrió, recibiendo de lleno los rayos del sol, ofrecía grato color de naranja. Los ojos de Elisa iban presurosos a buscar en las profundidades del mar las lanchas pescadoras que acostumbraban a mantenerse frente a la boca de Rodillero, a larga distancia, borrándose casi entre la tenue ceniza suspendida sobre el horizonte. Contaba con afán aquellos puntos blancos, y se esforzaba con ilusión en averiguar[49.4] cuál de ellos sería[49.5] la lancha de su novio.—«Aquélla que va un poco apartada a la izquierda, aquélla debe de ser; se conoce porque la vela es más blanca; ¡como que[49.6] es nueva! Además, a él le gusta siempre ir un poco separado y campar por sus respetos[49.7]... No hay quien huela el pescado como él.»—Y mecida por esta ilusión, seguía con anhelo las maniobras de aquella lancha, que ora se alejaba hasta perderse de vista, bien[50.1] se acercaba. A veces advertía que tomaban todas el camino del puerto: entonces torcía el gesto,[50.2] exclamando:—«¡Malo! hoy no hay mucho bonito.»—Pero en el fondo de su alma luchaba el gozo con la tristeza, porque de este modo iba a ver antes[50.3] a su amante. Aguardaba todavía un rato hasta verlas salir poco a poco del vapor ceniciento que las envolvía, y entrar en la región luminosa. Parecían con sus velas apuntadas, blancos fantasmas resbalando suavemente sobre el agua; y cual si obedeciesen a un signo hecho por mano invisible, todas se iban acercando entre sí y formaban al poco tiempo una diminuta escuadra. Cuando ya las veía próximas se bajaba al pueblo a toda prisa; a nadie daba cuenta, ni aún al mismo José, de aquellos instantes de dicha que en la soledad del monte de San Esteban gozaba.
El tiempo se iba deslizando, no tan veloz como nuestros enamorados deseaban, pero sí mucho más de lo que a la señá Isabel convenía. Ésta no podía pensar en el matrimonio de Elisa sin sentir movimientos de terror y de ira, pues al realizarse era forzoso dejar la fábrica y otros bienes de su difunto esposo en poder del de su hija. Y aunque estaba resuelta en cualquier caso a oponerse con todas sus fuerzas a esta boda, todavía le disgustaba mucho el verse obligada a poner de manifiesto[50.4] su oposición, temiendo que el amor guiase a Elisa a algún acto de rebeldía. Por eso su cabeza, rellena[50.5] de maldades, no se cansaba de trabajar arbitrando recursos[50.6] para deshacer aquel lazo y volver sobre[50.7] la promesa que le habían arrancado. Al fin pensó hallar uno seguro, mediante cierta infame maquinación que el demonio, sin duda, le sugirió, estando desvelada en la cama.
Había en el pueblo un mozo reputado entre la gente por tonto o mentecato, hijo del sacristán de la parroquia; contaba ya veinte años bien cumplidos y no conocía las letras, ni se ocupaba en otra cosa que en tocar las campanas de la iglesia (por cierto con arte magistral), y en discurrir solitario por las orillas de la mar extrayendo de los huecos de las peñas lapas, cangrejos, bígaros[51.1] y pulpos, en cuyas[51.2] operaciones era también maestro. Mofábanse de él los muchachos, y le corrían[51.3] a menudo por la calle con grita intolerable: lo que más le vejaba al pobre Rufo (tal era su nombre) era el oír que su casa se estaba cayendo; bastaba esto para que los chicuelos le dieran en lo vivo[51.4] sin cansarse jamás: donde quiera que iba, oía una voz infantil que de lejos o de cerca, ordinariamente de lejos, le gritaba:—«Cayó,[51.5] Rufo, cayó.»—Enojábase el infeliz al escucharlo, como si fuese una injuria sangrienta; llameaban sus ojos y echaba espuma por la boca, y en esta disposición corría como una fiera detrás del chicuelo, que tenía buen cuidado de poner al instante tierra por medio,[51.6] cuanta más, mejor; alguna vez el exceso de la ira le había hecho dar sin sentido en el suelo.[51.7] Los vecinos le compadecían, y no dejaban de reprender ásperamente a los muchachos su crueldad, cuando presenciaban tales escenas.
Sabíase en el pueblo que Rufo alimentaba en su pecho una pasión viva y ardiente hacia la hija de la maestra; esto servía también de pretexto para embromarlo, si bien eran hombres ya los que se placían en ello.[51.8] Al pasar por delante de un grupo de marineros, le llamaban casi siempre para darle alguna noticia referente a Elisa: una vez le decían que ésta se había casado por la mañana, lo cual dejaba yerto y acongojado al pobre tonto; otro día le aconsejaban que fuese a pedir su mano a la señá Isabel, porque sabían de buena tinta[52.1] que la niña estaba enamorada de él en secreto, o bien que la robase, si la maestra no consentía en hacerlos felices. También mezclaban el nombre de José en estas bromas; decían pestes de él llamándole feo, intrigante y mal pescador, lo cual hacía reír y hasta dar saltos de alegría al idiota, y poniéndole en parangón con él, aseguraban muy serios que Rufo era incomparablemente más gallardo, y que si no pescaba tanto, en cambio tocaba mejor las campanas. De esta suerte, al compás que[52.2] iba creciendo en el pecho del tonto la afición a Elisa, iba aumentando también el odio hacia José, a quien consideraba como su enemigo mortal, hasta el punto de que no tropezaba jamás con él sin que dejase de echarle[52.3] miradas iracundas y murmurase palabras injuriosas, de las cuales, como era natural, se reía el afortunado marinero.
Elisa se reía también de este amor, que lisonjeaba, no obstante, su vanidad de mujer; porque la admiración es bien recibida, aunque venga de los tontos. Cuando encontraba a Rufo por la calle le ponía semblante halagüeño[52.4] y le hablaba en el tono protector y cariñoso que se dispensa a los niños: gozaba con las muecas y carocas de perro fiel en que se deshacía el tonto[52.5] al verla: le prometía formalmente casarse con él siempre que[52.6] obedeciese a su padre y no pegase a los chicos. Rufo preguntaba con expresión de anhelo:—¿Para cuándo?—Amigo, no lo sé—respondía ella,—pregúntaselo al Santo Cristo, a ver[53.1] lo que te dice.—Y el pobre se pasaba horas enteras de rodillas en la iglesia, preguntando al célebre Cristo[53.2] de Rodillero cuándo seria su boda, sin obtener contestación.—Es que todavía no quiere que nos casemos—le decía Elisa,—ten paciencia y sé bueno, que ya se ablandará.