La señá Isabel imaginó utilizar la pasión de este mentecato para romper, o por lo menos aplazar la unión de su hija con José. Un día salió paseando por las orillas de la mar, donde sabía que Rufo se hallaba a caza de cangrejos, y se hizo con él encontradiza.[53.3]
—¿Qué tal,[53.4] Rufo, caen muchos?[53.5]
El tonto levantó la cabeza, y al ver a la madre de Elisa, sonrió.
—Marea muerta,[53.6] coge poco[53.7]—contestó en el lenguaje incompleto y particular que usaba.
—Vaya, vaya, no son tan pocos—replicó la señá Isabel acercándose más y echando una mirada al cestillo donde tenía la pesca.—Buena fortuna tiene contigo tu padre; todos los días le llevas a casa un cesto de cangrejos.
—Padre no gusta cangrejos[53.8]... tira todos a la calle... y pega a Rufo con un palo...
—¿Te pega porque coges cangrejos?
—Sí, señá Isabel.
—Pues no tiene gusto tu padre; los cangrejos son muy ricos. Mira, cuando tu padre no los quiera, me los llevas a mí; a Elisa le gustan mucho.
El rostro flaco y taciturno del idiota se animó repentinamente al escuchar el nombre de Elisa.