Aquella mirada bastó para remover la soberbia de Clementina.
—¡Vaya si puede ser!—replicó en tonillo irónico que resultaba en aquella ocasión de una crueldad feroz.
Quedó helado. Permaneció en pie unos instantes mirándola con indefinible expresión de angustia y terror: por fin se dejó caer a sus pies exclamando con las manos cruzadas:
—¡Oh, por Dios, no me mates! ¡no me mates!
El semblante de Clementina se dulcificó y la voz también.
—Vamos, no seas niño, Mundo…. Levántate…. Tenía que suceder…. Tú hallarás mujeres que valgan mucho más que yo….
Pero el joven se había abrazado a sus rodillas con fuerza y se las besaba con transportes frenéticos, y lo mismo los pies, sacudido su cuerpo por los sollozos.
—¡Esto es horrible! ¡es horrible!—repetía—. ¿Qué te hice para que así me mates?
Vamos, Mundo, vamos…. Arriba…. Seamos formales—decía ella dulcemente, acariciándole los cabellos—. ¿No comprendes que es ridículo?
—¡Qué me importa el ridículo!—replicaba el desgraciado entre sollozos, con el rostro pegado a la seda de su vestido—. Por ti me pondría en ridículo delante del mundo entero.