Clementina hacía esfuerzos por calmarle, pero sin apiadarse. No hay fiera más cruel que una mujer hastiada. Le dejó desahogarse un rato, y cuando le vió más sosegado, se levantó del sofá.

—Te agradezco muchísimo ese sentimiento, Mundo…. Yo también he tenido que luchar bastante tiempo con mi corazón para resolverme a separarme de ti….

—¡Mientes!—dijo él de rodillas aún, con los codos apoyados sobre el sofá—. Si me hubieses querido no serías tan cruel, ¡tan infame!

La dama permaneció un instante silenciosa mirándole por la espalda con ojos irritados. Al fin, venciendo la compasión, dijo:

—Te perdono esas groserías por el estado de exaltación en que te hallas. Por mucho que me injuries no lograrás que deje de recordarte siempre con cariño…. Algún día cuando tú ya me hayas olvidado por completo, todavía tu imagen y los dichosos momentos que hemos pasado juntos estarán grabados en mi corazón…. Pero ahora conviene formalizarse—añadió cambiando de tono—. Concluyamos de un modo digno, Raimundo…. Me vas a hacer el favor de tomar un coche, ir a tu casa y traer todas las cartas que te he dirigido para que las quememos. Yo no conservo ninguna tuya. Ya sabes que las rompo en cuanto las recibo.

Raimundo no se movió. Después de esperar unos momentos, Clementina se acercó a él por detrás, se inclinó silenciosamente y le puso las dos manos en las mejillas, diciéndole con acento dulce:

—¡Retonto! ¿no hay más mujeres que yo en el mundo?

Raimundo se estremeció al contacto de aquellas manos delicadas. Volvióse bruscamente y apoderándose de ellas las besó repetidas veces con frenesí, las llevó a su corazón, las puso sobre su frente.

—No, Clementina, no; no hay más mujeres que tú … o si las hay, yo no lo sé, ni quiero saberlo…. Pero ¿es cierto eso que me has dicho?… ¿Es verdad que ya no me quieres?

Y su mirada húmeda se alzaba con tal expresión de angustia, que ella, sonriendo confusa, se vió obligada a mentir.