—¿La cuestión ha sido por la cuñada de Alvaro?

—Al parecer.

—¿Y a él qué diablos le importa?

—¡Ps … ahí verás!

—Como no esté enamorado, no comprendo….

—Todo podría ser.

—¡La niña es de oro! Este verano, en Biarritz, ella y el chico de Fonseca se ponían de un modo por las noches en la terraza del casino, que era cosa de sacar fotografías iluminadas.

—Allá Cobo, antes de irse, hizo también algunos cuadros disolventes en los jardinillos.

—¡Sí, sí; bien me ha comprometido esa chica!—manifestó Cobo en tono cómicamente desesperado.

—Ya no tenías mucho que perder. Desde el negocio de Teresa estás deshonrado—dijo Alcántara.