—Te diré—respondió el poeta español gravemente, dispuesto á esclarecer el asunto.

No imagino que Víctor Hugo hubiese ido más allá.

De todos modos yo perdono á los literatos su impertinencia. Y si el lector quiere perdonarlos también fácilmente, no tiene más que hacer lo que yo: vivir alejado de ellos.

Un amigo mío, gran aficionado á los toros, me decía: «Me encantan las corridas; pero detesto á los toreros. Si yo fuese un déspota como Calígula, una vez terminada la fiesta los encerraría en la cárcel y no los dejaría salir hasta la siguiente.» De igual manera encerremos á los autores en la cárcel de sus libros y no los saquemos sino en los momentos en que sintamos necesidad de ellos. Cuando estuve en París, hace ya muchos años, pertenecían al número de los vivos Zola, Daudet, Maupassant, Renan y Taine. A pesar de la grande admiración que me inspiraban estos hombres no di un paso para ponerme en relación con ellos. En cambio anduve no pocos para visitar en el cementerio las tumbas de Alfredo Musset y de Balzac. Y puedo asegurar que me recibieron con toda cordialidad y que no tuve motivo para quejarme de su orgullo[1].

[1] Después de publicado este artículo en El Imparcial he tenido ocasión de conocer personalmente á algunos eminentes escritores franceses que han sido para mi mucho más corteses y amables aun que Musset y Balzac. Queda, pues, borrado por lo que á ellos se refiere cuanto acabo de decir.

Ni es caso de sorpresa que los artistas y literatos franceses se disputen con encarnizamiento los rayos de sol de la gloria. Esta existe realmente en Francia. Los artistas y literatos constituyen aquí la más alta aristocracia social, y sin ser precedidos de líctores y fasces el público les abre paso y les saluda con respeto. Pero en España no existe ni nunca ha existido, aunque supongo que existirá con el tiempo, porque no hemos de seguir siendo eternamente el pueblo más rústico de Europa. Cuando recuerdo aquellos desdichados y famélicos literatos nuestros del siglo XVIII, que pasaron su vida injuriándose, sin que el público advirtiese siquiera su presencia, me acometen deseos de reir y llorar al mismo tiempo.

Aquí, no sólo se disputan la gloria, pero también el dinero. Porque la literatura vale dinero, aunque no tanto como por ahí se dice. Las ganancias que realizan estos autores no pueden compararse con las que obtienen sus colegas en Inglaterra y los Estados Unidos. Sin embargo, la hay, y hay, sobre todo, mucha gloria. Por eso se lucha rabiosamente y se hacen esfuerzos increíbles por conseguirla. Estos esfuerzos llegan á veces hasta los últimos extravíos de lo ridículo. Un poeta anuncia en los periódicos que el gallo que le inspiró su comedia se ha vendido en cuatro mil francos. A este reclamo contesta otro poeta vaticinando que tal día de tal mes, á las cuatro en punto de la tarde, morirá de muerte natural en su propio lecho. Unos sonríen y se encogen de hombros al leer estas cosas; pero otros quedan estupefactos, y este es el fin que se persigue.

La notoriedad en Francia tiene tal valor, que se comprende bien lo que Alejandro Dumas (hijo) decía de su padre: «Mi padre es tan glorioso, que se disfrazaría con gusto de lacayo y se sentaría en la trasera del coche con tal de que el público pensase que iba dentro.» Un joven periodista me iniciaba estos días en el arte de adquirirla, en los secretos de esta guerra submarina que los autores necesitan llevar á cabo para bloquear y rendir á la opinión.

—Un artículo de M. D... cuesta tres mil francos—me decía—. Uno de M. L... tres mil quinientos. El de M. F... no vale más que dos mil, porque su periódico tiene menos circulación.

—¡Pero esos críticos deben vivir en la opulencia!—exclamé yo con asombro.