—Esos críticos no perciben un céntimo de ese dinero.

—¡Cómo! ¿Entonces venden su pluma por el sueldo que les tienen asignado en el periódico?

—Nada de eso. Si la vendieran perderían enteramente su crédito. No tienen otra obligación que escribir acerca del libro que el director les presenta delante. Son libres para decir lo que piensan de él, bueno o malo.

—¿De modo que hay sujeto en Francia que entrega tres mil quinientos francos porque le, llamen tonto en un periódico?

—Así es—replicó mi joven interlocutor—, porque aquí vale más ser un tonto conocido que un genio ignorado.

Entonces no pude menos de pensar con patrio orgullo en los honrados directores y propietarios de periódicos españoles que dejan el paso libre en las columnas de sus diarios á toda clase de adjetivos arrulladores sin cobrar un perro chico por la entrada.

Por estos datos podrá el lector inferir la enorme significación que aquí tiene la literatura. Todo el mundo lee, le mismo el prócer que el plebeyo, las damas y los caballeros. El número de librerías es asombroso. En una de ellas tuve que hacer cola para comprar un libro. La señorita del comercio donde compráis galletas ó corbatas os hablará de las últimas producciones literarias con acierto y sagacidad sorprendentes, y á veces tratará de nuestra literatura misma con mayor conocimiento de ella que algunos millonarios españoles. Después de la guerra, empobrecidos, agobiados por la desgracia, no les falta ni les faltará dinero para comprar libros. Mientras la Casa Nelson no ha podido continuar publicando obras españolas, aunque nosotros no tengamos que soportar hasta ahora carga alguna extraordinaria, todos los meses da á luz algunos volúmenes en lengua francesa.

Por eso, porque los literatos franceses están acostumbrados á que se les mime y festeje en demasía, á que se conozcan por todo el mundo y se transmitan á los últimos rincones sus palabras y sus gestos y hasta sus estornudos por eso de vez en cuando ahuecan la voz y dejan escapar algunas simplezas. La guerra ha sido ocasión para que se profieriesen bastantes, hay que confesarlo. En una novela de Balzac, cierto noble francés, que después de la guerra de la Vendée entra en su casa con el cuerpo y el alma transidos de dolor por el egoísmo de algunos de sus compañeros, se limita á decir con magnánima sencillez: «Todos los barones no han cumplido con su deber.» De igual modo podemos decir ahora: «Todos los escritores no han conservado su dignidad.» Se han escrito y publicado muchas ridículas fanfarronadas, amenazas, frases de mal gusto. Y es lo peor que todo esto se ha dicho sin emoción y sólo para fijar las miradas del público. Esta es la plaga de la literatura francesa. Pierden los literatos su iniciativa y la sagrada libertad, para convertirse en lacayos de la opinión. Les llevamos sobre este punto los que en España cultivamos las letras una ventaja envidiable. Que escribamos tuerto ó derecho, como ángeles ó demonios sabemos de antemano que el gran público no se cuidará de nosotros; trabajamos para unas docenas de aficionados; somos libres como el búho de Minerva.

¡Oh, sacra libertad; jamás pagaremos bastante caras tus caricias! Yo he sentido siempre tus besos en la frente cuando trazaba los humildes libros que entregué al público; pero confieso que nunca los sentí más tiernos que allá en mis años juveniles cuando bajaba la escalera de un eminente político después de haber estado algunas horas en su tertulia. ¡Dios mío!—exclamaba, levantando mis ojos—. ¿De qué vale la gloria y el poder si es necesario pasar la vida escuchando tanta inepcia? ¡Pobre grande hombre! Yo soy un modesto emborronador de papel, pero no un esclavo como tú de la grandeza. Soy libre. Ahora mismo voy á sentarme en un banco de Recoletos ó á comer un beefsteak al café Habanero, y no me perseguirá, no, la turba de tus zorroclocos aduladores.

Los escritores franceses ponen demasiado el oído á los rumores de la calle; ensayan sus reverencias al espejo, como los reyes; no pueden pasarse sin mimos, como los niños. Necesitarían una escuela más ruda para adquirir sencillez. Sin embargo, transcurridos los primeros días, el buen sentido, que es el fondo del espíritu galo, se impuso. Hace mucho tiempo que se han desterrado de los periódicos las frases de mal gusto; hoy se escribe con mesura y dignidad.