Me hallaba uno de estos días sobre la terraza de la iglesia del Sagrado Corazón, en la colina de Montmartre. Era la hora del atardecer, la hora de la melancolía. El panorama que mis ojos descubrían es único en el mundo. La gran Lutecia extendía la techumbre de sus moradas hasta los últimos confines del horizonte. El Sol, ocultándose unas veces detrás de las nubes, otras asomándose repentinamente, jugaba con ella, bañándola de luz y oscureciéndola alternativamente. Allá una neblina azulada daba la impresión de una paz idílica; aquí una nube negra inspiraba tristeza y recelo. Las torres del Trocadero, la de Eiffel, los Inválidos, el Panteón, San Sulpicio, Santa Clotilde, Nuestra Señora, evocaban en mi espíritu los hechos más salientes de la historia antigua y moderna.
En aquel momento sentí como nunca la importancia de esta gran ciudad. Víctor Hugo ha dicho: «París es el cerebro del mundo.» No lo creo: es una de las muchas frases sonoras que ha proferido este genio enfático. París no es el cerebro del mundo; en todas partes se piensa, en todas partes hay cerebros. París es la mano del mundo. Los hombres sobre este planeta vivimos tan apartados los unos de los otros, no sólo por la distancia física, sino por otra moral mucho peor, que si no hay una mano que nos conduzca los unos hacia los otros, corremos peligro de helarnos en nuestra soledad.
¡Grande y noble destino el de Francia! Aquí venimos todos á lavarnos de nuestro exclusivismo. Es el centro donde se equilibran todas las fuerzas; es el alambique donde se destilan todos los resabios y groserías de que está plagado el mundo. La Francia entera parece un gran salón y París la señora de la casa, que con refinado tacto sabe mantener en actitud correcta hasta los peor educados de sus tertulios. Si los alemanes la hubieran vencido, tarde o temprano quedarían uncidos al yugo amable de esta encantadora Circe, como en otros tiempos los romanos lo fueron al de Atenas.
La Francia se encarga de poner en el fiel las grandezas y las pequeñeces de los hombres. Cuando entran en París, los reyes más déspotas se convierten en amables ciudadanos y los humildes obreros en hombres de buena sociedad. Todo el mundo se arregla aquí la barba y se quita las botas de montar. Los «pieles rojas» de América os pedirán perdón cuando pasan delante de vosotros.
Alguien me dirá que estas son apariencias y que lo que importa es poseer elevada inteligencia y recto corazón. Convenido; pero la cortesía es un antídoto contra el egoísmo y el comienzo de la caridad. Por los actos se llega á los sentimientos, dicen los modernos psicólogos. Pascal tomaba agua bendita para inspirarse fe. La naturaleza humana es tan viciosa que necesita todos los frenos de la educación para no mostrar su lacería.
Pero no es solamente distinguida y encantadora esta ama de casa: es, además, culta como ninguna. Otras naciones la han sobrepujado en ciertos lujos: Inglaterra posee una literatura más rica; Alemania, una filosofía más alta; Italia, un arte más espléndido. Sin embargo, tomada en conjunto, Francia es la nación que sobresale. Su literatura en el siglo XVII es admirable. Los nombres de Corneille, Racine, Bossuet, Fenelon, Mme de Sévigné, Molière, La Fontaine, La Rochefoucauld rivalizan con los más grandes de otros países. En el siglo XVIII hay colosos como Voltaire, Diderot, Rousseau y exquisitos escritores como Mariveaux, Prevost, Beaumarchais y Chamfort. El XIX es maravilloso. Al mismo tiempo han alentado aquí hombres como Lamartine, Alfredo de Musset, Víctor Hugo, Chateaubriand, Balzac, Michelet, Jorge Sand. Y al lado de éstos algunas docenas de escritores notables como ninguna otra nación puede ostentar.
Y si pasamos á la Ciencia, aun es mejor. Alemania la vence en sus aplicaciones industriales; pero en la ciencia pura los franceses han sido y continúan siendo los maestros. Descartes, Mallebranche, Pascal, Laplace, D’Alembert, Lavoisier, Lamarck, Champollion, Ampère, Gay-Lussac, Buffon, Cuner, en tiempos antiguos, lo demuestran. En los presentes, Pasteur, Comte, Claudio-Bernard, Quatrefages, Charcot, Taine, Brown-Sequard lo pregonan igualmente.
No hay en estos últimos años un sabio naturalista que pueda compararse á Pasteur, ni un matemático á Enrique Poincaré, fallecido recientemente, ni metafísico á Bergson, vivo aun para gloria de su nación. En los momentos actuales trabajan aquí brillantemente sabios como Le Dantec, Bichat, Bontron, Dastre, Pierre Janet, Grasset, Richet, Durkheim, Le Bon y otros muchos que me es imposible nombrar.
Cuando repaso tantos nombres ilustres, cuando observo esta juventud tan ávida de instruirse y contemplo el trabajo eficaz y armónico que realizan aquí, lo mismo los sabios naturalistas que los pensadores, los sacerdotes que los militares, los obreros que los literatos, no puedo menos de volver los ojos hacia esa patria que tanto amo. El corazón se me aprieta y una ola de amargura llega á mi garganta y quiere ahogarme.
Ese pueblo español se me representa como un hombre bien dotado, de fuerte musculatura, de inteligencia penetrante, pero dormido. Quisiera que un genio poderoso, un nuevo Ariel, fuese allá y le sacudiese rudamente y le gritase al oído: «¡Despierta, despierta! ¿No escuchas el canto de la alondra? ¿No ves al sol enfilando ya sus rayos sobre la tierra? La obra es larga. ¡Apresúrate! La Humanidad espera todavía mucho de quien ha engendrado á Cervantes y ha descubierto nuevos mundos. Quien no avanza en la marcha del progreso, retrocede. Si continúas durmiendo, el polvo formará costra sobre ti, los ratones y las arañas treparán encima y los carneros imprimirán su pezuña sobre tu rostro.»