De todos los oráculos fatalistas el más famoso y el que más profundamente impresiona es el que se expresa en el episodio del Mahabharata indio, conocido con el nombre de Bhagavad-Gita. Los ejércitos de los Pandavas y de los Curavas se encontraban el uno frente al otro en una llanura inmensa. Suenan los cuernos de guerra, los tambores redoblan, los carros se precipitan, las flechas silban. Krishna, encarnación humana del dios Wishnú, consiente en servir de cochero al tercer hijo de Pandú, su discípulo y favorito Ardjuna. Este, á la vista de todos aquellos hombres que van á degollarse, se siente cogido por una desesperada melancolía. Contemplando esta muchedumbre de amigos y enemigos que el odio divide y que la muerte va á reunir, siente que sus manos tiemblan, su boca se seca, sus cabellos se erizan, su piel arde, sus fuerzas desmayan, el arco se escapa de sus manos. Se deja caer sobre el pescante de su carro, pálido, acobardado, el alma transida de dolor. Entonces es cuando Krishna le revela quién es y comienza á doctrinarle sobre la vanidad de las cosas terrestres y el carácter insignificante de todos nuestros actos. El verdadero sabio no debe inquietarse ni por los vivos ni por los muertos: el cuerpo no es más que la envoltura de una inteligencia inmortal que cambia de forma como si fuese un vestido. Morir ó matar es cosa en absoluto indiferente, etc., etc.
Allá en las trincheras de la Champagne se repitió esta escena, no entre dioses, sino entre dos pobres soldados de infantería. He aquí cómo llegó á mi noticia:
No hace muchos días entré en un café del boulevard de los Italianos con un amigo. Antes de sentarnos divisó éste en el fondo á uno de sus conocidos, y se apresuró á ir á saludarle. Observé que aquel sujeto tenía á su lado dos muletas, y desde luego colegí que era un inválido de la guerra. Mi amigo me hizo una seña de que me acercase, me presentó á él; y nos sentamos á su misma mesa. Era un joven de agradable aspecto, de fisonomía abierta y bondadosa. Le habían cortado una pierna hacía pocos meses; era hijo de un banquero del boulevard Haussmann, y disfrutaba, al parecer, de una brillante posición social.
La conversación rodó, como es natural, sobre la guerra. Monsieur Gardiel, que así se llamaba aquel simpático joven, nos entretuvo largo rato describiéndonos la vida de las trincheras, contándonos alguna de sus aventuras guerreras. Aunque todo era vulgar y descrito mil veces en los periódicos, yo le escuchaba con interés. Lo vulgar se hace interesante cuando está narrado con ingenuidad por la persona misma que lo ha vivido. Pero uno de los episodios de su amena charla salió repentinamente de lo ordinario y me causó profunda sensación. Lo contaré en breves palabras.
«Entre los soldados de la compañía á la cual yo pertenecía—nos dijo—había un muchacho que se distinguía por lo feo. La Naturaleza se había excedido á sí misma en este joven. Pienso que era el hombre más feo de Francia. Se le llamaba entre nosotros «la Merode», en recuerdo de una belleza que sonó mucho hace años. Lo moral respondía bastante bien á lo físico. Callado, brusco, indiferente á lo que pasaba á su alrededor, se había captado la antipatía de todos nosotros. Lo que más repelía en él era su sonrisa; una sonrisa sardónica, maligna, que no se le caía de los labios. Le hubiéramos visto destrozado por una granada sin pesar alguno.
Este joven, que se llamaba Tabourin, era, según me dijeron, profesor en un colegio de Lyon. Su vocación científica se revelaba á nosotros claramente porque aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para cazar insectos y mariposas y fijarlas en unos cartoncitos que llevaba curiosamente guardados en su mochila. Esto mismo nos lo había hecho más antipático aun. Su glacial indiferencia era repugnante. Cuando nos oía quejarnos de la humedad, del hambre ó de algún dolor, sus ojos atravesados parecían brillar con una mirada más sarcástica. El jamás profería una queja.
Vino la gran ofensiva de Septiembre. Los horrores del infierno imaginados por la mente calenturienta de algún devoto histérico no darían una idea de lo que aquello fué durante unos días. Tanta sangre habíamos visto correr, tantos miembros esparcidos, tantos gritos de dolor habían llegado á nuestros oídos, que yo concluí por hallarme en un estado de estupor difícil de describir.
Una noche, tendido en el fondo de la trinchera, á pesar de hallarme fatigado hasta el desmayo, me era imposible dormir. Oía la respiración de mis pobres compañeros, pensaba en lo que nos aguardaba á la mañana siguiente, quizá aquella misma noche; pensaba en sus madres, pensaba en la mía y me sentía triste hasta la muerte. No lloraba, porque en la guerra se pierde, por fortuna, la facultad de llorar; pero me sentía fuertemente agitado y no podía menos de suspirar de vez en cuando.
—No puedes dormir, ¿verdad?—murmuró una voz en mi oído. Era la de Tabourin.
—No—respondí secamente.