—¿Estás triste?

—Sí—respondí con la misma sequedad.

—¿Quieres un poco de éter que aun me queda en el frasco?

Me sorprendió la dulzura de aquella voz, que formaba contraste con el aspecto repulsivo del sujeto. Rehusé el ofrecimiento; pero no pude menos de agradecerlo y le dije:

—No estoy triste por lo que pueda ocurrirme mañana; lo mejor tal vez sería que me matase una bala ó una bayoneta. Lo que me contrista es ver á estos pobres compañeros durmiendo tranquilamente y pensar en lo que aun les queda que sufrir, pensar en los seres que los aman, en las lágrimas que vierten y verterán.

Guardó silencio unos instantes, y al cabo profirió suavemente, acercando su boca á mi oído:

—La sangre es nada; las lágrimas son menos aun. ¡Qué importa morir! Yo creo que debe ser un placer inmenso reposar en el seno de la gran Naturaleza. ¡Qué seguro se duerme bajo unas cuantas paletadas de tierra! La muerte, amigo, no existe en realidad: la chispa vital que nos anima no se extingue con cada uno de nosotros: marcha á encender otro fuego. Los campos, los mares, los hombres, los animales, los soles que lucen en el cielo, todo lo que se mueve y respira, todo nace y todo muere, todo cae y todo renace. Sólo el gran poder de la Naturaleza no se extingue jamás, sólo él es inmortal. Este gran poder silencioso y tranquilo es lo único que existe realmente: nosotros no somos más que apariencias, imágenes del gran cinematógrafo. ¿Por qué nos horroriza la destrucción? Esta no es más que aparente también. ¿No ves las hormigas? Enfiladas atraviesan el camino cumpliendo su tarea. El pie de un transeúnte aplasta un centenar de ellas; las demás prosiguen impasibles su tarea sin dar importancia al suceso. ¿Por qué la concedemos nosotros tan grande á la muerte de un centenar de los nuestros? Lo mismo ellas que nosotros caemos en el seno fecundo de la madre tierra. Jamás el Destino nos podrá privar de este regazo maternal. El secreto de la fuerza de las cosas reside en nosotros como en todos los demás seres. No hay vacío en el Universo. Los límites entre el mundo inanimado y el mundo de la vida son imaginarios... Consuélate, amigo mío; la muerte no es una puerta de horror y tinieblas para nadie; al contrario, es el paso de una hora sombría á otra más clara. Sometámonos alegremente á la voluntad de la Naturaleza y no veamos en ella una enemiga, sino una tierna aliada que nos emancipa de la insufrible tiranía de la vida.

No me consolé, naturalmente; pero desde entonces guardé respeto á aquel compañero, que era muy otro de lo que yo y todos los demás nos habíamos figurado.

Terminó la gran ofensiva: nuestra compañía había perdido casi la mitad de sus hombres; yo había salido milagrosamente ileso y lo mismo Tabourin. Volvimos á la vida monótona y sucia de las trincheras, que recordarán con asco cuantos la hayan sufrido. Traté de estrechar un poco más mi relación con Tabourin, porque después de aquellas graves palabras que le había oído me parecía que había nobleza en su alma. Pero mis atenciones se estrellaron de nuevo contra su actitud siempre fría e irónica. Huía de nosotros como siempre; hablaba poquísimo y en un tono casi siempre despectivo, que le hacían cada día más antipático á los compañeros y odioso á los jefes.

Tabourin pasaba sus ratos de ocio á la caza de lepidópteros, estudiando con un gran cristal de aumento sus trompas y antenas y las escamas de sus alas. Algunas vez por la noche quiso cazar con una luz las mariposas nocturnas, pero se le reprendió ásperamente y tuvo que reducirse á las diurnas y crepusculares. Al principio nos reíamos de esta afición; pero concluímos por respetarla, convenciéndonos de que era un hombre de ciencia, acaso un gran entomólogo.