Un día tuvimos que hacer un reconocimiento peligroso en el terreno ocupado por el enemigo. Fuimos doce hombre con el teniente. Ocultándonos unas veces como conejos, saltando otras como cabras, recorrimos bastante espacio sin ser descubiertos. Al salir de un bosquete observamos con sorpresa que faltaba de los nuestros un hombre. Era Tabourin. El teniente, estupefacto, pues no había sonado un tiro, se detuvo, ordenó á dos soldados volver los pasos atrás y buscarlo. Al poco rato volvieron sin haberle descubierto. Seguimos con mayor cautela aun nuestro reconocimiento, pues nos hallábamos materialmente entre las filas del enemigo. De pronto, al trasponer una pequeña quebrabura del terreno, percibimos debajo de nosotros á dos soldados que hablaban animadamente. Un soldado era alemán, el otro francés. Al divisarnos el alemán se dió á la fuga. El teniente, pensando lógicamente que se trataba de un peligroso espía, ordenó que hiciésemos fuego, á sabiendas de ser descubiertos. El alemán cayó á los pocos pasos acribillado por nuestras balas.

Entonces el teniente, loco de furor, con la faz inyectada, avanzó sobre Tabourin empuñando el revólver:

—¡Maldito perro! ¡Miserable! ¡Traidor!

Tabourin dejó caer el fusil, y con sorprendente tranquilidad abrió los brazos para recibir el tiro. La misma sonrisa enigmática y sardónica contraía sus labios.

Recibió el tiro en medio del pecho. Cayó de bruces con los brazos abiertos todavía, como si fuese á besar aquella tierra que tanto amaba.

Fuimos descubiertos; se nos persiguió de cerca; perdimos tres hombres; yo fuí herido también, pero logré arrastrarme hasta nuestras trincheras, donde fuí recogido por los míos.

Algunos días después—añadió el amable inválido sonriendo—mi pobre pierna se fué á pudrir en el cementerio de la aldea, donde estaba la ambulancia, y yo me vine á París á pudrir á ustedes y á otros con mis aventuras militares.»

—¿Está usted persuadido de que Tabourin era un traidor?—pregunté yo impresionado por aquel relato.

—Estoy persuadido de todo lo contrario. Mi opinión es que el soldado alemán era un sabio entomólogo como él, y que ambos se habían encontrado persiguiendo una mariposa y se hallaban abstraídos charlando de su ciencia.