—Prepárate, que vas á morir.

—¡Oh! en España se llenan los templos de gente que es cosa para alabar á Dios.

—Sí, de mujeres. Cuando voy por la mañana á la iglesia advierto que sólo un hombre se acerca á tomar la comunión por cada treinta o cuarenta mujeres. Parece como si los españoles encomendásemos á la mujer el negociado de la religión, como le tenemos encomendada la cocina y el planchado de la ropa.

Verdad que lleva á cabo aquella tarea con una diligencia y perfección que no suele poner en ésta. Es verdaderamente asombroso el ardor con que muchas señoras acuden al templo á todas horas del día. He llegado á imaginar que para ciertas almas timoratas Dios es un Luis XIV que constantemente necesita ser adulado. Corren á la novena y á las Cuarenta Horas como los cortesanos de Versalles se apresuraban á ir al «dîner du roi» y al «coucher du roi». Hay señora que va á comulgar con tres o cuatro escapularios colgados al cuello, y si por casualidad se le olvida alguno en casa, se acerca temblorosa á la sagrada mesa temiendo que Nuestro Señor se enoje porque no se presenta con todas sus condecoraciones.

Pero los espíritus que toman en serio la religión observan con dolor que la verdadera, la esclarecida fe es patrimonio de muy pocos. Tenemos costumbre de achacarlo á la corrupción de los tiempos; pero no es así. Hay muchas personas sinceras que se extasían hablando del fervor de los tiempos antiguos. Sin embargo, entonces, como ahora, las almas que se inclinaban á lo Eterno eran muy contadas. Había más devoción aparente, más hipocresía; pero eran muchos más los que amaban la tierra que el cielo.

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En realidad, los hombres se han dividido siempre en paganos y cristianos, lo mismo antes que después de Jesucristo. Los primeros son los que suponen que hemos nacido para gozar; los segundos, los que creen que hemos nacido para trabajar y sufrir. Se trata únicamente de un concepto de la vida. Pagano y bien pagano era César Borgia, aunque cardenal de la Iglesia católica, y lo eran sus malvados secuaces y toda la Corte del Pontífice Alejandro VI, y los cardenales que se comieron cien bandejas de confites en la boda de Lucrecia Borgia y bailaron con sus damas y con las de la Princesa de Squilache, según cuenta ésta en carta sacada á luz recientemente por nuestro sabio compatriota el marqués de Laurencin. Cristianos fueron Sócrates, Leónidas, Régulo, Séneca, los Gracos, Paulina, Terencia y todos los mártires ignorados de la antigüedad, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros. No hay que olvidar la hermosa sentencia de San Anselmo: «Siendo Cristo la verdad y la justicia, todo el que muera por la verdad y la justicia, aunque no crea en Cristo, muere por Cristo.»

Pero aquellos paganos pueden, en algunos supremos instantes de la vida, transformarse en cristianos. Todos los hombres nacemos empapados en fe. En cuanto se abre una pequeña puerta en nuestro corazón la religión se precipita dentro. Por eso vemos que muchos grandes pecadores bajo el golpe de la Gracia se convierten en fervorosos cristianos. La misma Lucrecia Borgia que he mentado hacía vida ejemplar en Ferrara los últimos años de su vida, llevaba siempre cilicio y murió en la opinión de santa.

Es menester, sin embargo, para ello que el cerebro no haya sufrido menoscabo. Aunque parezca raro, las heridas del corazón se curan mucho más fácilmente que las de la cabeza. Cuando los sesos se pudren el enfermo no tiene ya remedio. Porque las ideas, ahora y siempre, son las que gobiernan el mundo. Las ideas engendran los sentimientos y los actos, ó lo que es igual, toda la vida del hombre. Nosotros no somos lo que sentimos, sino lo que pensamos; somos siempre proporcionados á nuestras ideas, y nuestra alma baja ó sube á medida que se levanta ó se abate nuestro estado mental.

Por eso es gran error suponer que no ejercen influencia sobre la conducta del hombre; aunque lo sea mayor, aun el juzgar, como en la Edad Media que deben inculcarse con fuego y martillo.