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Tal es la situación que en este terreno ocupa la Francia con respecto á Alemania. Los franceses son pecadores por razones que ya he expuesto en anteriores artículos: tenían, hasta cierto punto, el corazón extraviado. Los alemanes son filósofos, tienen el cerebro corrompido.
La religión no ha desaparecido de Francia por haber expulsado á las Ordenes religiosas, como no desapareció de España cuando nuestro católico Rey Carlos III expulsó, con mayor crueldad aun, á la Compañía de Jesús, cuando nuestro Gobierno más tarde decretó la exclaustración de todos los frailes y el populacho penetró en los conventos y degolló á muchos de ellos.
Recorred las provincias francesas, visitad las aldeas, y hallaréis exactamente reproducido el tipo de la religiosidad española. Porque el catolicismo, como la palabra misma lo indica, ha tenido la virtud de unificar á los hombres, de imprimirles su sello, haciéndolos á todos semejantes ante el altar. Las mismas solemnidades, las mismas procesiones; las mismas Cofradías, las mismas fiestas profanas unidas á las religiosas. Los niños van al catecismo, las jóvenes asisten á las procesiones con la medalla y el velo blanco de Hijas de María, las viejas van indefectiblemente por las tardes á los Oficios. La primera comunión de los niños se celebra aquí con una alegría y pompa que no he presenciado jamás en España: acuden de lejanas comarcas los parientes para ese día feliz, como sucede en España cuando hay una boda; la casa se convierte en un templo; la calle se alfombra de flores. Ni falta siquiera el tipo clásico de la beata para tormento de confesores y alivio de sacristanes.
¿Por qué, pues, ese odio de muerte á la nación francesa? ¿Qué locura es la que ha acometido á muchos católicos y á no pocos sacerdotes? A uno de aquéllos le he oído pronunciar la siguiente frase: «Si en la presente guerra triunfase Francia dudaría de la existencia de Dios.»
¿Es esto cristiano? ¿Es siquiera humano?
En España se leen pocos libros alemanes, porque su idioma no está muy difundido entre nosotros y no abundan tampoco las traducciones. Además, hay que confesarlo, estos libros, en general, son alimento demasiado fuerte para nuestros estómagos latinos. Por eso se desconoce su estado mental á la hora presente. Pero todo el que haya seguido con un poco de atención la historia de su filosofía en los tiempos modernos aprenderá que la religión de la Alemania intelectual de un siglo á esta parte no es el cristianismo, sino el panteísmo. El panteísmo no puede fundar la moral; la desconoce en absoluto. Por lo mismo, no es más que un puente para el monismo materialista. Los intelectuales alemanes hace ya mucho tiempo que lo han salvado. Como consecuencia ineludible de este materialismo ha venido la teoría del superhombre y supernación, que es la dominante hoy.
Pero se me dirá: los intelectuales no son el país. Grave error. Los intelectuales son siempre la nación presente o futura. Las ideas nacen en las cimas, como los arroyos; mas poco á poco descienden por la falda de la montaña hasta los barrancos; otras veces se filtran calladamente por los terrenos permeables, y cuando menos lo pensamos nos hallamos empapados de ellas. Casi nadie lee á Platón, y, sin embargo, hasta el más rústico aldeano está hoy impregnado de platonismo. De la misma suerte el pueblo en Alemania no lee á Kant; pero su ateísmo modesto, como lo llamaba Coleridge, le ha penetrado hasta los huesos. Son hegelianos sin haber leído á Hegel, porque poetas, dramaturgos, novelistas, críticos y periodistas se han encargado de servirle con apetitosos guisos el plato del fatalismo panteísta.
¿Por ventura en Alemania no existe ya la fe? Sí; hay mucha fe... en la química. Dios se ha transformado en maquinaria, carbón y electricidad. No ha venido al mundo para sufrir y morir, sino para vivir y hacer sufrir. Seamos poderosos, trituremos á nuestros vecinos, impongamos nuestra voluntad en todas partes, y entonces la Divinidad se mostrará dentro de nosotros como lo que es, una fuerza inmanente y universal.
Algunos católicos españoles se enternecen leyendo á cada paso en las proclamas del Kaiser y sus generales el nombre de Dios. Son víctimas de una admirable falsificación. Ese Dios ha sido también extraído del carbón, como otros muchos productos, sorprendentes.