Pero el verdadero, el legítimo Dios tiene una experiencia infinita en estos asuntos psicológicos y no se deja engañar por las marcas de fabricación alemanas. Ve en la etiqueta «made in Germania» y rechaza el artículo, aunque reconociendo que está bien presentado.
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El espíritu galo no es panteísta. Por lo menos, no lo es desde la fecha remota en que el cristianismo mató al druidismo en los bosques de la Galia. El concepto que de la Divinidad tienen, sea para afirmarla, sea para negarla, es el verdadero. Hay en Francia bastantes escépticos, Montaignes en miniatura; hay muchos más Rabelais apasionados de la carne y el vino; pero no se hallará en toda la República un Federico Nietzsche, un solo hombre que sostenga la maldad por principios.
La creencia y el escepticismo son estados inestables que se suceden en el alma de cada hombre como en cada país. No hay que dar á esta fluctuación demasiada importancia; depende de la imperfección misma de nuestra naturaleza y es preciso resignarse á ella. Los árboles se visten de hojas y quedan desnudos alternativamente. ¿Quién diría que después del escéptico siglo XVIII había de venir el espiritualista XIX? Después de Voltaire, Diderot y Helvetius, surgen Chateaubriand, Lamartine, Bonald y De Maistre. Lo que tiene muchísima importancia es la sustitución de una fe por otra, y esto es lo que sucede actualmente en Alemania.
Los franceses han cometido recientemente la calaverada, que nosotros realizamos hace ochenta años, de suprimir las Ordenes religiosas.
No hablemos de la separación de la Iglesia y del Estado. Son muchos los católicos que rechazan la especie de que la Iglesia sea un organismo del Estado y prefieren la independencia absoluta á un protectorado enfadoso e interesado. Hablemos solamente de las Ordenes religiosas.
No ofrece duda que su expulsión ha sido un acto arbitrario y escandaloso. La República francesa, al prohibir las Congregaciones, perpetra una atroz injusticia, realiza un atentado contra la libertad, niega, por lo tanto, su propia existencia. ¿No tiene por lema libertad, igualdad, fraternidad?
Pero yo quisiera hacer unas preguntas en secreto á esas expulsadas Congregaciones. ¿Han mirado siempre al fondo de su conciencia? ¿La han examinado escrupulosamente? ¿No han encontrado allá dentro ningún odio á las instituciones republicanas? ¿No han conspirado contra ellas alguna que otra vez?
Pues si de este examen de conciencia no salen completamente exentos de pecado, no deben sorprenderse de la penitencia. Quien siembra odios no puede recoger amor. La abeja necesita miel para su alimentación y la Naturaleza le proporciona miel; la pulga necesita sangre, y le da sangre. Es ley consoladora saber que la Naturaleza nos provee con largueza de aquello que pedimos.
Si los religiosos franceses hubieran aceptado con leal franqueza las instituciones republicanas, la República no hubiera puesto la mano sobre ellas. «Si quieres que las mujeres te sigan—decía nuestro Quevedo—, echa á andar delante de ellas.» ¿Por qué no aceptar lealmente á la República? ¿No lo había hecho el Pontífice León XIII, de inolvidable memoria? Marchar delante de los hombres. He aquí el secreto para guiarlos.