*
* *

El francés no es un impío nato, como por ignorancia unos, otros con fines sórdidos, propalan en España. Los franceses guardan en el alma, como todos los que nacieron y se criaron en la fe de Cristo, la religión como un fondo de reserva. Mientras son felices muchos abandonan las prácticas religiosas; cuando son desgraciados acuden y se consuelan con ellas. Igual, exactamente igual que todos nosotros. Si en el mundo no hubiera dolor la religión no existiría.

Yo he visto por las noches poblarse de gente una pequeña iglesia de aldea. Allí acudían pobres mujeres enlutadas llevando de la mano á sus hijos, enlutados también. Con paso vacilante las seguían algunos ancianos de rostro pálido y triste mirada. Y en el silencio augusto del templo, mientras los corazones se dirigían al Altísimo pidiendo misericordia, estallaba de vez en cuando un sollozo que me removía las entrañas. Hoy en París la multitud elegante, que en otro tiempo corría á los sitios de placer, invade las iglesias. En San Sulpicio, en San Germán, en la Trinidad, en Nuestra Señora de las Victorias me ha costado trabajo entrar. No son mujeres solamente, como en Madrid, las que allí encontraréis; son hombres, muchos hombres que oran con mayor devoción aun que ellas. El que no se sienta penetrado de respeto ante esta muchedumbre que humilde y dolorida se postra ante una imagen de la Virgen pidiendo el alivio de sus penas podrá llamarse cristiano, pero está bien lejos de merecer este nombre.

¿Y allá en el frente, en la línea de fuego?

¡Ah! allá en el frente se repiten las escenas del tiempo de las Cruzadas. En el fondo de una trinchera se agrupa una compañía de soldados esperando la orden de salir. Llueven las granadas y estallan con horrísono estruendo; la tierra se levanta y se agita como el oleaje de la mar. Ya avanza la infantería alemana en apretadas filas, llevando delante las ametralladoras, segadoras de hombres. Sonó la hora de lanzarse al medio de aquel infierno de fuego. Los corazones palpitan, las manos tiemblan, las gargantas se anudan. En aquel momento supremo se alza con autoridad la voz de un pobre soldado:

—¡Todo el que crea en Dios Crucificado, de rodillas! Que cada cual se arrepienta de sus pecados. Voy á daros la absolución.

Todos caen, en efecto, de rodillas, y el soldado sacerdote levanta el brazo y los absuelve.

—Jamás podré olvidar este instante—me decía el herido que me lo relataba.

—Tiene usted razón en no olvidarlo—le respondí. Un instante como ese ennoblece toda la vida.

En otra ocasión, practicando un reconocimiento, cae herido un soldado de la patrulla. Otro soldado se precipita en socorro suyo y trata de cargar con él para conducirlo á la ambulancia.