—No te ocupes de mí—le dice el soldado—. Estoy herido de muerte. Sólo quiero pedirte un favor. Soy sacerdote y te ruego encarecidamente que en la primera ocasión que tengas recibas por mí la sagrada comunión, ya que á la hora de la muerte no me ha sido dado el consuelo de recibir á mi Dios.
El compañero, confuso y avergonzado, guarda silencio unos instantes. Es un joven rico y disipado que desde hace años vive apartado de la religión. Al fin le dice.
—Aunque desde la infancia no me he confesado, quiero hacerte ése favor. Dios me ha tocado en el corazón. Quizá dentro de un instante una bala me mate á mí también. Voy á confesarme contigo, puesto que eres sacerdote.
Y, en efecto, aquel joven escéptico confiesa allí mismo sus pecados, y su compañero, moribundo, le da la absolución.
¡Que cuadro! Parece arrancado á la Leyenda de oro y estampado en uno de esos códices de la Edad Media que la mano piadosa de un monje ha dibujado á la pluma.
Despojémonos, pues, de injustas prevenciones. No nos infatuemos, tanto con nuestra religión; no motejemos la del vecino. Y pidamos al cielo que cuando llegue para nosotros también el día de prueba sepamos mostrar la misma fe y el mismo valor.