—¡Contesta, mujer!... Vaya, veo que nunca serás una estrella de los salones... ¡Ni falta de que lo seas!—añadió paso.

Y tomándola súbito por la cintura, se lanzó con ella por el salón, dando algunas vueltas de vals.

En aquel instante sonó el timbre. Ambos quedaron como petrificados: después se apartaron de prisa, y Miguel se entró en el despacho. El criado abrió la puerta y apareció un joven, que resultó ser Gómez de la Floresta. Miguel ya no se acordaba de que la lectura de su drama era el pretexto de la reunión. Experimentó leve malestar al verle con el manuscrito en la mano; pero no por eso le recibió con menos cordialidad. Los tres se sentaron en el despacho y departieron un rato largo, pues el poeta se había anticipado mucho. El primero que después llegó fué Utrilla, el ex-cadete de Estado Mayor, á quien Miguel había convidado con gusto, tanto por la amistad que entre sí mantenían, como por la compasión que le inspiraba su ciego amor por Julita, y el deseo de que ésta se lo pagase. Venía de frac, lo mismo que Gómez de la Floresta. Llegaron después y sucesivamente los primos Enrique y Serafina, Mendoza, Julita y su madre con Saavedra, Rosa de te y Merelo y García, las de Ramírez, los primos Vicente y Carlitos, Asunción y otras dos señoritas cuyo nombre no recordamos, y algunos convidados más. Sucedió lo que Miguel tenía previsto: Maximina, sonriente y ruborizada, recibía á la gente sin las frases de cajón y decoradas que en tales casos se usan; pero su naturalidad y modestia causó en todos grata impresión. La señora de Ramírez dijo á Miguel en un aparte:

—¡Qué buena debe de ser su señora, Rivera!

—¿En qué lo conoce usted?

—Basta verle la cara.

—Sí que es muy simpática—dijo una de las niñas con acento protector.

Los tertulios formaban grupos y se conversaba alegremente. Gómez de la Floresta ardía de impaciencia. Al fin Miguel, no tanto por complacerle como porque todo marchase en buen orden, le invitó á comenzar la lectura del drama. Se puso en pie al lado de la chimenea, debajo de un candelabro. La gente se distribuyó convenientemente por las sillas y divanes. Un criado trajo en una bandeja varios refrescos, y los colocó como pudo sobre la chimenea, cerca del poeta. Tosió éste dos ó tres veces, paseó una mirada turbada por el auditorio, y dió comienzo á la lectura del drama, que se titulaba El agujero de la serpiente, y pasaba en tiempo de Carlos II el Hechizado. No hay para qué decir, conociendo al autor, que predominaba en él la nota lírica, las tiradas de versos sonoros, los adjetivos primorosos y exóticos. Había puesto á contribución para escribirlo las bellas y peinadas frases de los Esmaltes y camafeos de Teófilo Gauthier, y las no menos bellas, pero más espontáneas, de nuestro Zorrilla. El resultado era un empedrado de palabritas lindas en diapasón, que producía notable efecto musical, alternando con tal cual frase ó sentencia á lo Víctor Hugo. Ningún personaje decía, ni aun casualmente, las cosas por derecho. Antes de manifestar quiénes eran y de dónde venían, todos se anegaban previamente en un río ó cascada de perlas orientales, rayos de luna, aljófares, perfumes de la Arabia, arreboles, esmeraldas y zafiros, con lo cual se perdía el hilo del discurso de tal modo, que nadie lograba saber una palabra de su carácter y procedencia. Cuando estaba á la mitad del acto, entraron en el salón la condesa de Losilla y sus dos hijas, las cuales venían más tarde que las otras, por estar más cerca que ninguna. Con su aparición se interrumpió algunos instantes la lectura. Levantáronse todos, y Maximina corrió á su encuentro. Las miradas de las señoras, ávidas, escrutadoras, pasaron minuciosa revista al vestido y aderezo de las chicas, que era en alto grado elegante y original, sobre todo el de Filomena, quien tenía un privilegiado ingenio para inventar y combinar adornos, separándose de la moda cuando le convenía, ó retorciéndola á su capricho: sabía beneficiar su extremada delgadez para ponerse trajes que á ninguna otra joven sentarían bien, y cuidaba, con un peinado extravagante, de dar más realce á la originalidad extraña de su fisonomía. Mientras duró el desorden, Gómez de la Floresta se bebió un vaso de grosella.

De nuevo comenzó la lectura. Al terminar el acto hubo muestras de aprobación, sobre todo entre las jóvenes, que aunque no habían entendido palabra, les sonaba muy bien. Algunos caballeros se quedaron en el salón mientras el poeta descansaba. Éste con otros varios se salió al pasillo á fumar.

—¿Qué opina Rosa de te?—dijo un tertuliano dirigiéndose al joven crítico.