Éste se ruborizó y pronunció algunas palabras incoherentes.
—Dejadlo, dejadlo con su dolor á solas—dijo Miguel, que se hallaba en el grupo.—Desde que los personajes de las comedias y novelas no toman resoluciones está desesperado.
El drama terminó á las once, con grande y mal disimulada satisfacción de todos y cada uno de los circunstantes. Durante el último acto, las niñas bostezaban de un modo angelical; los caballeros se hacían guíños expresivos en las barbas del mismo Gómez. ¡Entonces sí que estalló un aplauso nutrido y prolongado!: todos se deshacían en elogios y auguraban de él maravillas. El poeta, cortado, ruboroso, temblando de los pies á la cabeza, daba las gracias llevándose la mano al corazón, creyendo de buena fe que su obra ya estaba salvada de las garras del público. No sabía el mísero que muchos de los que le aplaudían le tenían aparejada una silba estrepitosa para la noche del estreno, en venganza de aquellas palmas arrancadas á la fuerza.
Pasaron después las señoras al gabinete, donde estaba servida la cena. Los caballeros se colocaron detrás, y dió comienzo entre ambos sexos á ese chisporroteo de frases insulsas y obligadas que constituye lo que llaman encanto de los salones. En aquel momento, después del drama de Gómez de la Floresta, no había palabra que no fuese ingeniosísima y que no excitase la alegría de los tertulios. Algo, y no mentiríamos si dijésemos mucho, contribuía á ello la perspectiva de la mesa bien provista y aderazada, como obra al fin del tío Manolo.
Saavedra había estado toda la noche sentado detrás de Julia diciéndole recaditos al oído, mientras Utrilla no lejos de ellos, y padeciendo como si le estuviesen tostando en parrilla, los acribillaba á miradas, proponiéndose llamar aparte á su rival y pedirle explicaciones tan pronto como la ocasión se presentase. Ya sabemos que en esto de los apartes era especialista. Digamos algunas palabras acerca del estado en que las relaciones de Julita, su primo y el ex-cadete se hallaban.
D. Alfonso pasó algunos días en el Astillero con su tía y prima, y en ellos se hicieron firmes sus amores con la última. Después se fué á París á arreglar sus asuntos y venirse definitivamente á España. En los primeros días de Septiembre, tornó en efecto á Madrid; mas no se alojó en casa de la brigadiera. Motivos de delicadeza que expuso á Julia le obligaron á ello. Mientras permaneció en París escribióle pocas cartas, y éstas en términos corrientes de primo afectuoso más que de amante. El orgullo de Julia le impidió pedirle explicaciones; mas á la vuelta él se apresuró á dárselas anunciándole en términos oscuros que deseaba guardar secretas por una corta temporada estas relaciones, á fin de arreglar sus asuntos convenientemente y declararse á su familia tan pronto como lo estuviesen y realizar la unión que tanto apetecía. Esta conducta reservada y algo equívoca, lejos de enfriar á Julia, cada día la iba haciendo más prisionera de su primo. El cual, fuera de las horas de dormir, se pasaba en casa de su tía casi todas las del día. Allí comía á menudo, y á menudo también las acompañaba al paseo ó al teatro. En cuanto á nuestro bizarro cadete, su suerte no podía ser más desdichada. Julita había roto con él toda clase de relaciones. Con tal motivo había descaecido del tal modo, que inspiraba compasión: el color de amarillo daba en verde: los huesos se le contaban á algunos pasos de distancia. Sólo una cosa había crecido en su cuerpo, y era la nuez: ésta había alcanzado proporciones realmente fantásticas.
Una de las veces que Miguel salió al pasillo, sintió que le tocaban en el hombro. Era Utrilla.
—D. Miguel, quiero pedirle á usted un favor.
—Usted dirá, querido.
—Necesito que usted, en compañía de otro amigo, se encargue de desafiar de mi parte á ese Sr. Saavedra, en este mismo momento. Pensaba hablarle yo, pero estoy algo excitado y no quiero exponerme á dar un escándalo en su casa.