Miguel quedó un instante suspenso, y al cabo dijo:

—Hombre, bien comprenderá usted que tratándose de un primo de mi hermana, y siendo por ella el motivo del enojo, yo no debo mezclarme en tal asunto... Pero por ser usted amigo mío muy querido, y porque deseo evitar disgustos, haré por usted cuanto me sea posible. Es necesario, sin embargo, que usted me prometa no dar un paso en este negocio y dejarme la entera resolución de él.

—Lo prometo.

Miguel quería ganar tiempo y evitar al pobre muchacho un grave disgusto, y también á su familia.

—Debo prevenirle—dijo después sonriendo—que Saavedra es uno de los famosos tiradores de armas.

—No me importa—contestó Utrilla, haciendo un gesto digno de Roldán ó de D. Quijote.

El hijo del brigadier le miró, asombrado de aquel valor ridículo y heroico á la vez.

Al volver al salón, después de haber dado algunas órdenes á los criados, topó casualmente con Filomena, que salía del tocador con una cajita de polvos de arroz en la mano.

—Tenía deseos de encontrarla á usted para decirle así bajito, bajito, que está usted preciosa, enloquecedora—dijo el infiel acercándose á ella con sonrisa insinuante y metiéndole la boca por el oído.

—¡Vamos, cállese usted, mala persona! Teniendo una mujer tan joven y tan graciosa, ¿se atreve usted á requebrar á las muchachas?