Se puso repentinamente serio; mas volviendo en sí inmediatamente, contestó riendo:

—La bendición del cura no ha podido privarme de mis cualidades innatas, y una de ellas es el sentimiento de la belleza.

—Todos ustedes son lo mismo; ¡el arte! ¡la belleza! Palabrotas con que pretenden disfrazar su poca vergüenza.

—Gracias, Filo, por haber hablado en plural, al menos. Conste de todos modos que me reservo el derecho de admirar á usted.

La chica alzó los hombros é hizo con los labios una mueca desdeñosa, y cogiendo repentinamente la brocha de los polvos se la pasó por la cara.

—¡Alto, alto!—dijo Miguel, reteniéndola por un brazo.—No se me escapa usted sin limpiarme.

—¡A que se figura usted que no tengo valor para hacerlo!-respondió dirigiéndole una sonrisa provocativa.

Y sin más aguardar, se puso á limpiarle con su pañuelo.

Los ojos de Miguel brillaron de un modo singular, y aprovechando lo cerca que tenía de los labios la cabeza de la chica, inclinóse rápidamente y los puso sobre su frente. Filomena la alzó con no menos presteza, y clavándole una mirada entre severa y maliciosa, dijo:

—¡Cuidadito, eh!