Cuando terminó, dijo Miguel:
—En pago de esta buena acción, la voy á conducir del brazo al salón.
La joven lo tomó sin decir palabra. Después del beso se había puesto seria.
Cuando entraron, todo el mundo estaba ya en él. Maximina, que estaba sentada en un diván hablando con Saavedra, los miró con una mezcla de asombro y desolación, que hubiera conmovido á Miguel si se hubiera percatado.
Una joven se había sentado al piano y preludiaba los primeros compases de un vals. El tío Manolo vino muy atento á invitar á Maximina, quien se dejó arrastrar por él al baile. Entonces Miguel, después de vacilar un instante (ó por remordimiento ó porque sabía lo celosa que su mujer estaba de Filomena), concluyó por invitar á ésta á bailar.
—Bailas muy bien, sobrina—dijo el tío Manolo, deteniéndose un momento á descansar.—¿Quién te ha enseñado?
—Miguel.
—No me sorprende: siempre ha sido Miguelito un famoso bailarín.
Bien lo veía, y á su pesar, la pobre Maximina, pues su marido pasó delante de ellos sin tocar apenas el suelo, llevando entre los brazos la liviana carga de Filomena. La niña no los perdió de vista un punto. Cuando cruzaron otra vez por delante de ella, fué del brazo y paseando. Miguel la dirigió una sonrisa, á la cual respondió con otra forzada.
—¿Qué tal mi mujer, tío?