—¡Magistral! Ni la Lola Montes.
—Bien lo veo; le ha convertido á usted en regadera.
En efecto, gruesas gotas de sudor le corrían al buen caballero por la frente, y allí se apresuraba á detenerlas con el pañuelo. Si hiciesen irrupción en las patillas, Dios sabe los sedimentos y las tierras que consigo arrastrarían.
Maximina, no obstante, se cansó pronto y manifestó deseos de sentarse. En cuanto lo hizo, Saavedra vino á colocarse á su lado. El tío Manolo se fué á invitar á otra joven.
Desde el comienzo de la reunión los ojos del caballero andaluz se habían clavado persistentes en Maximina y habían expresado con ligero temblor y cierre de los párpados absoluta aprobación. D. Alfonso era un inteligentísimo catador del sexo femenino. No se dejaba fascinar ni por el brillo, ni por la originalidad rebuscada, ni por los afeites: apetecía en la mujer la belleza y la gracia verdaderas, el atractivo inocente y la frescura. Como todo el que cultiva largos años con amor un arte cualquiera, había concluído por odiar lo que oliese de una legua á afectación, y prosternarse únicamente ante lo sencillo: el trato de las coquetas le divertía, pero no le subyugaba. Así que Maximina siempre le había sido extremadamente simpática, y lo había manifestado más de una vez en casa de su tía: decía de ella que su modestia é inocencia no eran de estos tiempos, sino del siglo de oro. En cierta ocasión que le había dirigido un requiebro embozado delante de la brigadiera y Julia, la niña se puso tan colorada, que don Alfonso determinó no volver á hacerlo, por temor de que se sospechase que la festejaba.
Aquella noche le había dado más golpe que nunca. Como ordinariamente Maximina no cuidaba mucho del adorno de su persona, la elegancia que á la sazón desplegaba le prestaba notable realce. El caballero andaluz, con la osadía sin límites que le caracterizaba, se propuso emprender una migajita de galanteo, sin consecuencias, por supuesto. Era demasiado experto para no comprender que en aquel caso se debía desechar la táctica habitual por inútil y comprometida. Nada de flores y requiebros; de miradas significativas, menos. Plática corriente y familiar acerca del baile, de los preparativos que la niña había tenido que hacer; preguntas y más preguntas, cuidando de repetir muchas veces su nombre, pues D. Alfonso tenía experimentado que á toda mujer le gusta esa repetición.
Maximina respondía con amabilidad, pero en pocas palabras. Había en su rostro cierta expresión distraída que disgustó al tenorio andaluz y un poco le descompuso. En vez de mantenerse firme en la actitud propuesta, se dejó deslizar y llegó pronto á dar señales del interés que le inspiraba.
Mientras tanto Miguel, después de llegarse á dos ó tres señoras y conversar breves momentos, tornó á colocarse al lado de Filomena. Ésta le recibió con mirada entre severa y burlona.
—¿Á qué viene usted aquí?... Márchese usted.
—Á contar los lunares que usted tiene en la mejilla izquierda: los de la derecha ya he averiguado que son siete, distribuídos con arreglo á los preceptos del arte.