—Que diga lo que quiera.
Dicho y hecho. Maximina, vacilante todavía, un poco pálida y temblorosa como si fuera á cometer alguna grave travesura, pero brillándole los ojos con íntima alegría, levantó al niño de la cuna y lo trasportó á la cama de Miguel. Después entre los dos trasportaron la cuna. En seguida, aquél fué á avisar á Juana; pero antes Maximina se apresuró á encerrarse en el cuarto de su esposo. Una vez despierta la doméstica, él también se encerró. Por el agujero de la llave, Maximina la vió cruzar por el pasillo.
—¡Qué va á decir, Dios mío, qué va á decir?—exclamó levantando el rostro ruborizado hacia su esposo.
—Que tenemos gana de pasar una noche juntos—contestó él riendo.
Aquella vergüenza de su mujer, que era una prueba de su carácter inocente y pudoroso, le hacía gracia y le entusiasmaba.
La niña, una vez convencida de que Juana se estaba acostando, pues oyó cerrar la puerta del cuarto, se entregó sin reserva á la alegría.
—¡Cuánto tiempo hace que no pasamos una noche juntos! ¿verdad, Miguel?
Y se apresuraba con alegría infantil á despojarse del vestido. En medio de la operación soltaba una carcajada.
—¡Qué cara habrá puesto Juana no viendo á nadie en la alcoba!
—Esta cama es más estrecha que la nuestra. ¿Estarás incómoda?—decía Miguel.