—¡Si es casi matrimonial, chico! ¿de dónde sacas que es estrecha?—respondía ella dispuesta á encontrar magnífico un lecho de hojas en aquel momento.
La primer noche de bodas se repitió para nuestros esposos; pero más grata aún, porque la confianza había crecido. También el amor; y había adquirido, además, un carácter elevado y espiritual, gracias al fruto inocente que dormía cerca de ellos.
Por la mañana, después de tomar el chocolate, Maximina se sintió un poco indispuesta. Achacáronlo á una pequeña indigestión y no le dieron importancia. Todo aquel día lo pasó con el cuerpo muy pesado, pero en pie. Cuando vino Miguel de la oficina, estaba echada sobre la cama. Al oir la campanilla se levantó prontamente y salió como siempre á recibirle. Sin embargo, no tardó en tumbarse nuevamente. Se levantaba á cada paso para cualquier menudencia; pero en seguida se acostaba, unas veces sobre la cama de Miguel, otras sobre la suya.
—Voy á llamar al médico—le dijo éste.
Maximina se opuso resueltamente. Lo único que se logró fué que consintiese en llamarlo al día siguiente, con tal que no siguiese mejor. Confiaba en absoluto en amanecer buena y sana. Sin embargo, no fué así. Despertó con alguna destemplanza y Miguel se opuso á que se levantase. Se llamó á un médico que había en el barrio, viejo y práctico, el cual, después de pulsarla y mirarle la lengua, declaró que tenía alguna fiebre, sin que en la apariencia existiese indigestión. Miguel, en vista de esto, no quería ir á la oficina; pero su esposa tanto le instó, que al fin se decidió á ello, prometiendo venir temprano. Por la tarde, la calentura había aumentado un poco. Estaba tranquila, sin embargo. Sólo de vez en cuando, como si tuviese alguna opresión, daba altos y prolongados suspiros.
Por la mañana, el médico la halló con bastante fiebre; pero no podía aún afirmar de dónde emanaba, pues las frecuentes y largas inspiraciones que la obligaba á hacer, eran perfectas y no acusaban ningún síntoma catarral. Tampoco ofrecía síntomas gástricos. Inclinábase á creer que fuese una fiebre reumática, porque días antes, al aparecer, se había quejado de dolores en la espalda; mas no se atrevía á asegurarlo. Miguel fué á la oficina, pero volvió á las dos horas. El médico le dejó el termómetro para que de vez en cuando le tomase la temperatura y la apuntase en un papel. Como no podía dar el pecho á su hijo, la leche acumulada la molestaba vivamente, á pesar de que procuraban extraérsela con pezoneras y la daban unturas de manteca.
Al día siguiente la calentura fué en aumento. El médico se inclinó entonces á creer que la fiebre era nerviosa, porque los síntomas reumáticos no se determinaban bien. Le recetó el valerianato de quinina en píldoras, y una poción. Miguel fué á la oficina, á prevenir al jefe nada más. Detúvose, sin embargo, á hablar con los compañeros, entre los cuales había uno que estudiara la carrera de medicina, aunque no con gran lucimiento.
—¿Qué tiene su señora?—le preguntaron.
—No sé. El médico vacila entre si es una fiebre reumática ó nerviosa.
—Hombre, no comprendo qué tiene que ver una fiebre con otra—dijo con tono de suficiencia el empleado médico.—De todos modos—añadió,—pida usted á Dios, amigo Rivera, que no sea fiebre nerviosa.