Miguel, al escuchar aquellas palabras, quedó helado. Por su cuerpo pasó un estremecimiento singular. Hizo un esfuerzo sobre sí mismo, y dijo con voz alterada ya:

—El médico me manda tomarle la temperatura á menudo...

—¿Y qué grados tiene?

Aunque no sabía la relación que los grados guardaban con la fiebre, aterrado con las palabras de antes, no se atrevió á decir que tenía cuarenta y uno y unas décimas, y respondió:

—Cuarenta.

—No puede ser; esa ya es una fiebre muy alta... Vamos, amigo Rivera, se conoce que usted entiende más de filosofía que de tomar temperaturas.

—Sí, Rivera, debe usted estar equivocado—dijo otro.

Quedó clavado al suelo. Se puso horriblemente pálido y estuvo á punto de caer.

Notando los compañeros su palidez, comenzaron á animarle.

—Hombre, no se asuste usted... De seguro ha padecido una equivocación. Además, aunque así no fuese, no es caso extremo...