Un compañero, por darle más alientos, le dijo al oído:

—No haga usted caso de ese majadero. ¡Qué sabe él de fiebres, si no ha abierto en su vida un libro!

No obstante, llevaba ya la puñalada en el corazón. Salió de los Consejos con el semblante alterado y tomó un coche, porque se sentía desfallecer. Entró precipitadamente en el cuarto de su esposa.

—¿Cómo te sientes?

—Bien—contestó la niña sonriéndole dulcemente.

—A ver la temperatura—dijo, y se apresuró á meterle el termómetro debajo del brazo.

Su corazón latía apresuradamente. No pudiendo resistir quieto el tiempo que el termómetro debía estar allí, comenzó á pasear por la alcoba. Al fin, con mano trémula lo sacó y fué corriendo á la ventana, que estaba entornada; la abrió un poco más y miró. La temperatura había subido aún algunas décimas. Estaba tocando en los cuarenta y dos grados.

No pudo articular una palabra.

—¡Qué manía tienes con ese dichoso tubito!—dijo Maximina.—¿Para qué sirve?

—No sé; me lo manda el médico... Voy á apuntar la temperatura.