En vez de ir al despacho entró en su alcoba y se dejó caer de bruces y sollozando en la cama.
—¡Me han matado! ¡Me han matado!—murmuraba mientras bañaba con sus lágrimas las almohadas.
Cerca de media hora estuvo así sin cesar de repetir entre sollozos:—¡Me han matado! ¡Me han matado!
En efecto, una estocada por la espalda no le hubiera hecho más efecto que la idea espantosa que en la oficina le habían sugerido.
Al fin se levantó, lavóse los ojos con agua fresca, y entrando en el cuarto de su mujer otra vez, le dijo que iba á avisar á D. Facundo, porque no les perdonaría el no haberlo hecho. Cuando salía llamaba á la puerta la vecina del cuarto de enfrente, que venía á ofrecerse para todo, «absolutamente para todo». Era una buena señora, viuda de un coronel, y que tenía un hijo teniente que le daba bastantes disgustos. Aunque sólo había hablado algunas palabras con Maximina en la escalera, se conocía que le había sido extremadamente simpática. Miguel se lo agradeció mucho, y la introdujo en la alcoba, marchándose él en seguida.
Necesitaba desahogar el pecho con alguna persona; por eso fué en busca de D. Facundo. En cuanto le vió se echó á llorar como un niño. El pobre señor trató de consolarle como pudo.
—Eres muy impresionable, Miguelito. ¡A quién se le ocurre ponerse así cuando el médico no ha dicho aún que hubiese peligro! Pero de todos modos, ya que estás alarmado, bueno será que se celebre una junta de médicos, aunque no sea más que para tranquilizarte.
—¡Sí, sí, D. Facundo, quiero que haya junta!—exclamó el atribulado joven, como si de aquello dependiese enteramente la salvación.
—Bueno, yo avisaré á los médicos. Habla tú con el de cabecera para que no se ofenda.
Salió de la botica más tranquilo. Cuando llegó á casa, Maximina deliraba un poco.