—Se empeña—dijo la viuda del coronel—en que detrás de la cabecera hay una puerta abierta y le entra mucho frío.
—¿Cómo te sientes?—le preguntó Miguel, poniéndole una mano sobre la frente.
—Bien; pero entra mucho frío por esa puerta que hay aquí detrás.
—Tienes razón; voy á cerrarla.
Hizo ademán de ello, y quedó un momento tranquila. El joven quiso después besarla; pero ella le rechazó, diciéndole, muy apurada, en voz baja:
—¿Cómo eres tan desvergonzado? ¿No ves que está ahí esa señora?
Ni aun delirando se amortiguaba en aquella criatura el sentimiento del pudor.
Pasó la tarde bastante agitada, delirando á ratos. Además de la manía de la puerta se le figuraba que venían algunos hombres á cogerla. Cuando Miguel se acercaba al lecho le decía con terror:
—¡Mira, mira ese hombre que me quiere llevar!
—No tengas cuidado, preciosa; mientras yo esté aquí no te llevará nadie.