La voz y las caricias de su marido la volvían, como por encanto, á la razón y la sosegaban por algunos minutos.
La viuda se empeñó en quedarse á velar aquella noche porque hacía dos que ni Juana ni Miguel dormían.
Éste fué á tumbarse sobre su cama, encargando que si tuviera la menor novedad se le llamara.
Y, en efecto, la viuda le llamó á medianoche, diciéndole que Maximina se negaba á tomar la poción y se hallaba bastante agitada. Levantóse inmediatamente y fué al cuarto corriendo. Su esposa, por la lucha que había tenido que sostener con aquella buena señora, estaba agitadísima, con el rostro fuertemente encendido y los ojos extraviados. No conoció á su marido. Éste, viéndola en aquella situación, perdió todos los ánimos y rompió á llorar. Entonces Maximina le miró con fijeza. Sus ojos perdieron de pronto aquella terrible expresión delirante; incorporóse en la cama, y acercando su rostro al del joven, le preguntó:
—¿Por qué lloras, mi vida, por qué lloras?
—Porque te niegas á tomar las medicinas, y así no puedes sanar.
—La tomaré, la tomaré; ¡no llores, por Dios! Dámela.
Y bebió con avidez la cucharada que le presentó.
—¿No llorarás ya, verdad?—le preguntó ansiosamente después, y, oyéndole decir que no, le besó repetidas veces la mano.
Por la mañana se celebró la junta de médicos. Uno por uno fueron viendo á la enferma.