—¡Qué cansada estoy de enseñar la lengua, Miguel!—exclamó con un gesto cómico, que le hizo reir, á pesar de su tribulación.
Los médicos no pudieron afirmar resueltamente dónde residía la fiebre. Inclináronse todos, sin embargo, á creer que era en el centro nervioso. Lo que en su concepto hacía falta, á todo trance, era que la temperatura bajase por cualquier medio. Para ello recetaron la antipirina.
Corrió el mismo Miguel á buscarla. El éxito fué rapidísimo. Á las pocas horas de tomarla, la fiebre había bajado dos grados. Por la mañana, sólo marcaba el termómetro treinta y nueve y unas décimas. Habían desaparecido la inquietud y el delirio. Tan bien se encontró, que Miguel no dudó que á los cuatro ó cinco días podría levantarse de la cama. El exceso de alegría le agitó de tal modo, que no pudiendo permanecer en casa, salió á tomar el fresco de la mañana, á pesar de haber velado aquella noche. Dió una vuelta por el Retiro. La mañana estaba fresca y hermosa. El gozo que inundaba su alma le hacía ver en el sol radioso, en el canto de las aves, en el follaje de los árboles, bellezas misteriosas que antes no había logrado percibir. Poco le faltaba para abrazar á los solitarios paseantes con quienes tropezaba.
Mas ¡ay! no sabía que aquel remedio cumple su cometido cuando refresca la sangre encendida, sin tener facultades para destruir la enfermedad. La temperatura comenzó de nuevo á elevarse á la caída de la tarde. Tan ilusionado estaba, que lo achacó al recargo natural que padecen todos los enfermos en esa hora, y no le concedió importancia. El médico tampoco le dijo nada que pudiera alarmarle. Á las once se fué á acostar, dejando á Juana velándola. La voz de ésta le sacó del sueño profundo en que yacía.
—¡Señorito!, señorito, la señorita se pone peor!
La voz con que despiertan á un condenado á muerte para llevarle al suplicio, no sonó jamás tan terrible como aquella para Miguel. Se puso en pie de un brinco. Corrió al cuarto. Maximina tenía los ojos cerrados. Al entrar él los abrió, quiso sonreir, y de nuevo los cerró... para no abrirlos jamás. Eran las cuatro de la madrugada. Juana avisó corriendo al médico, llamando antes en el cuarto de al lado. La viuda del coronel afirmó que aquello no era más que un síncope. Entre ella y Miguel le pusieron unos sinapismos. Se avisó al cura. Pocos minutos después llegaba, al mismo tiempo que el médico. ¿Para qué?
Miguel recorría el pasillo sin cesar, pálido como un espectro. De pronto se detuvo y quiso penetrar en el cuarto de su esposa. La viuda, el sacerdote y el médico le pusieron las manos en el pecho.
—¡No; no entre usted, Rivera!
—Lo sé todo: déjenme ustedes paso.
En su mirada y actitud comprendieron que era inútil oponerse.