Se arrojó sobre el cuerpo de su esposa, del cual aún no había desaparecido el calor y la vida por completo, y lo besó con frenesí por algunos minutos.
—¡Basta, basta! Se está usted matando—le decían.
Al fin consiguieron arrancarle.
—¡Mejor que tú—gritó dándole el último beso—no la ha habido ni la habrá sobre la tierra!
—¡Dichosos, hijo mío, los que al morir pueden escuchar semejantes palabras!—respondió el anciano sacerdote.
Sacáronle de allí. Fué derecho á su escritorio y se arrimó al balcón. Aún no había amanecido por completo. La consternación secó sus lágrimas. Inmóvil, con los ojos extáticos y la frente pegada á los cristales, pasó largo rato escuchando en su espíritu la voz reveladora que sólo habla en esta hora suprema. Al cabo pudo oírsele murmurar con voz ronca: